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5 poemas [Cristián Gómez Olivares]

domingo, 12 de octubre de 2014

 

 

RENGA

 

  

Quisiera dar las gracias

por este pan sobre la mesa.

Si me llevara la vida entera

agradecer este desayuno

 

espérenme, por favor:

espérenme leyendo en los escaños

de una escalera que dirija a otra

escalera, divagando sobre

la calidad de los alimentos

 

recibidos –y su relación

irrenunciable con la lengua.

En el intertanto

 

pueden practicar lecciones

de dibujo o algún instrumento

musical, pueden practicar

el camino del guerrero

 

-Gorin no sho, de Musashi-

y estudiar la forma en que

el enemigo intenta aprovechar

tus debilidades (saca ventaja

 

de que intente aprovechar

tus debilidades), escribir con

tinta invisible un mensaje 

que lo confunda: el kanji

 

donde su muerte venga escrita.

Aprender la caligrafía de los hiragana.

El tono con que se dibujan las sombras

cuando el bambú se corta para usarlo

 

como un remo para defenderse contra el agua.

Aprender a esquivar los golpes

y la tinta demasiado gruesa.

 

Aprender a aprender a respirar.

 

           

                                                San Agustín Etla, 30 de Abril, 2013

 

 

 

 

DOMINGO POR LA TARDE

 

 

En el cuarto de al lado escucho los quejidos de

alguna pareja, la división capitalista del

trabajo y las tarifas del servicio telefónico

 

           contribuyen de igual manera

a que uno se pase la tarde sin pronunciar palabra:

domingos por completo en blanco donde el hecho

objetivo de la soledad difícilmente podría conseguir

 

el adorno de alguna excusa, algún nombre para

exornarlo como dudosa compañía. Los fantasmas

de la juventud recién perdida se mezclan con los fantasmas

de la madurez que aún no llega, un limbo parecido al del

idioma en el que todos se comunican con señales

aunque tengan ganas de salir gritando.

Yo mismo quisiera salir gritando

 

en busca de alguna leyenda, los jumpers

maltrechos de bertoni, el orompello

del tomás, la cristalería

 

frente a frente a un elefante.

Vuelvo los ojos hacia la puerta

pero no consigo que se acerque nadie

 

a tocar. Ninguna colegiala alegre

vestida de colegiala, ningún zombie

por las calles de concepción.

 

Al elefante que está parado en la ventana:

sólo le pido que empiece luego a recordar.

 

 

 

 

 

 

 

LA CANCIÓN DEL PROFESSOR

(a la manera de John Allyn Smith Jr.)

 

 

No se dejen llevar por las primeras intuiciones.

Desconfíen de la luna. Pero no dejen de mirarla.

He escuchado decir que el santo grial será recuperado

por alguien que nunca venga a clases y entone cada

cierto tiempo una endecha que no necesite ser traducida.

Cuando aquello ocurra, dejen de revolcarse por el pasto

pero no se cuiden de espigar de sus chalecos las huellas

de esa fugacidad que de una u otra manera sirve de abono

para esta tierra todavía fértil, no se preocupen tanto

del corte de los versos como de la respiración de los mismos,

vuelvan a leer a aquellos clásicos que todavía merezcan

el nombre y huyan del modernismo rubendariano si primero

saben lo que significa el modernismo rubendariano. No puedo

seguir adelante por una cuestión de piel, por una cuestión

de salud mental y altos índices de colesterol: eviten

compartir esas jeringas con las que algunos se grabaron

un águila sobre un brazo y una bailarina entre los senos.

La primera simboliza el deseo de volver a comer palomitas

de maíz cuando nuestros padres nos lleven nuevamente

a ver películas de la Biblia cuando aún no sabíamos leer:

la segunda la nostalgia por ciertas novelas de Salgari

que ni siquiera hemos leído pero en algún momento

decidimos dar por hecho que en las novelas de Sandokán

deberían haber bailarinas para que debiéramos leerlas.

Cuando salgan por la misma puerta que entraron

dejen de vestirse con la ropa que le pidieron prestada

a sus amigos después de aquella fiesta en que se quedaron

a dormir en un sillón del comedor: el resto de las camas

estaban ocupadas por otros que también pedirían ropa

y alimentos para pasar aquella larga noche, la misma

que todavía nos persigue a pesar de esos rayos que se cuelan

por la cortina, cuando salgan por esa puerta si es que en realidad

llegan a salir por esa puerta dejaremos de hacer el amor

como lo hacíamos para aprenderlo, las tenidas que no nos

pertenecen no seguirán haciéndonos falta y sus dueños

desnudos en medio de los restos de una noche que todavía

no termina se preguntarán por el nombre de los invitados

mientras buscan por el suelo algo que ponerse”.

 

 

 

 

 

 

 

CENTROS COMERCIALES CAYÉNDOSE A PEDAZOS

  

 

En esta zona hay varios. La basura que los recubre es la que dejaron

los últimos clientes. Una capa de polvo los ha invadido. Los cristales

de las tiendas ya no están o están tirados por el suelo, lo que dificulta

caminar por estas tiendas sin mercadería. Las cajas registradoras por

primera vez están abiertas. Hay un cuidador que se pasa el día pegado

a la tele. La noche se la pasa tomando. Antes pasó por aquí un fotógrafo

que dijo estar preparando un libro sobre el tema. No le preguntamos cuál.

 

 

 

 

 

 

 

TENURE

 

 

 

Hoy no he terminado ningún paper.

No he conversado con mi mentora

(está ocupada en una conferencia

 

en Playa del Carmen. La universidad

está cerrada por la ola de frío polar

que afecta al noroeste del corazón

 

de la tierra, pero no he corregido ese

capítulo que me pidieron que corrigiera

hace más de cincuenta años. Ahora

 

que las cornejas de la literatura medieval

se cruzan a diestra y siniestra para acabar

para siempre con los augurios, los dueños

 

del alto parlante, escudados en la elegancia

de la noche, han aprendido a degustar los mostos

            que antes se negaron a beber

 

dibujando un caligrama sobre las servilletas.

Otro se subió con un acordeón al escenario  

alegando que no lo comprendíamos. Pero

 

afuera un sol que rajaba las piedras

            —algo saben del asunto los cubanos

no era un tema que pudiéramos

 

despreciar en nombre de ese paper

que aún no habíamos escrito. Los más

elegantes de nuestro elenco

 

se fueron a saborear vasos de absenta

y té de la India, cuyo significado

se negaron a compartir con nosotros. 

 

Sin embargo estábamos bien vestidos

y la ciudad estaba llena de balcones.

Sin embargo había un par de librerías.

 

Eso debería bastarme para haberme quedado

en esos reinos donde todo lo que hay que hacer

para obtener la ciudadanía es imitar lo mejor

 

 

que se pueda el acento y detenerse ante los

acueductos romanos como si la historia

hubiera pasado por donde mismo pasaba

 

el agua. Las ruinas dependen de una piedra

que sólo cuando quiere sigue en pie.

 

     

 

 

 


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