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Oyó palabras que no pueden existir [Ildefonso Rodríguez]

viernes, 12 de febrero de 2010

 

En un texto de los últimos tiempos, Roberto Bolaño se ve ya capacitado, por la edad o la fama,  para dar unos consejos a los escritores jóvenes. El primero es: "No leer nunca a Cela ni a Umbral".

Yo mismo, con más edad y menos fama, siento muchas veces la misma tentación: No leer nunca a... Pero me contendré, no diré ningún nombre, cada cual debería saberse dar ese consejo a sí mismo. Diré que me opongo al "todovale" al que se refirió el otro día Eduardo Milán en una conferencia. Quizás, para mostrar, en otro extremo, cuál es mi posición en esto de las preferencias poéticas, podría leer una entrada de mi libro El jazz en la boca. Me parece que viene a cuento.

 

Posesión exclusiva

  En el canto XIV del Purgatorio, la sombra de un tal Guido del Duca, arrojada al círculo de los envidiosos, se queja de esta manera: "Oh, raza humana, ¿por qué pones tu ansia en lo que requiere una posesión exclusiva?"

  La pregunta va al aire, pero cala en la memoria del lector, ahí se guarda.

  En el canto siguiente, Dante le pregunta a Virgilio, con la misma curiosidad que ha guardado el lector: "¿Qué quiso decir el espíritu de la Romaña al hablar de lo que requiere una posesión exclusiva?"

  Virgilio elabora una teoría económica: "... si vuestros deseos se cifran en bienes que puedan disminuirse dando a otros parte, la envidia excita vuestros pulmones a suspirar; pero si el amor de la suprema esfera dirigiese hacia el cielo vuestros deseos, no abrigaríais tal temor en vuestro corazón; pues cuanto más se dice allí ´lo nuestro` tanto mayor es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde en aquel recinto". (Traducción de Manuel Aranda y Sanjuán).

  Si sustituimos el amor o caridad por la poesía, el argumento permanece; y lo es contra el mercado único de los valores, la competencia, la lista de los más vendidos. Es válido también contra mi propio resquemor. Porque la poesía, por su misma naturaleza, es contraria a la posesión exclusiva: se acrecienta si es poseída en comunidad; cuando en poesía alguien dice "lo mío", tanto mayor es el bien que poseen los demás.

Yo he vivido y vivo  la poesía como la reunión y el habla de la amistad. La comunidad del anillo. De un modo semejante a como vivo la música: un hecho colectivo. Escrituras materiales, Cuadernos leoneses de poesía, Barrio de maravillas, Un ángel más, El signo del gorrión. Fueron (son, todavía y siempre) empresas colectivas en las que he tenido la inmensa suerte de convivir con compañeras y compañeros poéticos insustituibles para lo que yo entiendo por la poesía española. En todas esas situaciones de grupo productivo ha participado Miguel Suárez, que es de quien os quiero hablar esta tarde. 

Miguel Suárez está en mi vida con la intermitencia un hermano. Con La perseverancia del desaparecido, que es como se titula uno de sus libros. Estuvo en el Instituto y en la pandilla adolescente. Aprendimos juntos, mano a mano,  el oficio de escribir: uno al otro nos enseñamos de qué podía ir aquello: ir a lo abierto, tocar músicas libres. Escribimos entonces poemas a cuatro manos, publicamos un primer libro colectivo, Escrituras materiales. Íbamos cumpliendo veinte años.

Así que, de un modo inevitable, la poesía de Miguel es la música de mi juventud. Su primer libro, Nombrando el porvenir, lo tengo en el oído como un álbum de los Beatles. Y toda su obra es un documento de mi propia vida: Miguel está en mi porvenir.

Hasta aquí, el amigo. Ahora quiero referirme a un poeta esencial, invitar a que sea leído. Y es posible hacerlo con la facilidad que da llegarse a una librería y comprar su poesía reunida, La voz del cuidado, prologada por Antonio Méndez Rubio y con epílogo de Jean- Yves Bériou. Se publicó hace unos meses, en la Editorial Dilema.

 Voy a leer algunas notas entresacadas de un artículo que escribí hace años para la revista Ínsula.

La voz del cuidado es ontológica, funda el sujeto poético como otras veces pudo hacerlo la voz de la desesperación o la del canto. El valor que debemos atribuirle a ese cuidado: intimidad y exterioridad tramadas a lo largo de toda su obra. El par de opuestos queda asumido por una imagen mayor: la piel del poeta. En su piel, la que él intenta salvar antes que ninguna otra cosa del mundo, porque es previa a él, destellan otros opuestos: "Nadie puede reprochar a nadie resistir vivo, ser triste, llevar la luz".

La voz maneja las sustancias éticas, desolación y esperanza, partiendo de un axioma central en su escritura: "Agradecemos nuestra mortalidad". Entonces, cada poema ha de ser verificado, porque es una experiencia única en lo que Miguel llama "el lugar indígena".  No hay música genérica. Esta obra suena y está armada con piezas cuya cualidad más evidente es la de ser miembros de esa cuerpo. Y cada verificación es un nuevo poema. Como los guaraníes, que llaman cantos verdaderos a ciertos cantos que son ininteligibles aun para sus cantores.

Escribe Walter Benjamin: "La incapacidad de hablar es el gran dolor de la naturaleza (y para redimirla está la vida y la lengua del hombre en la naturaleza, y no sólo, como se piensa, la del poeta)".

El cuidado que pone la voz de Miguel Suárez en la naturaleza le lleva a verlo todo: "iluminación sobre la hierba simple", a escucharlo todo: "las ramas -al quebrarse- nos hablan de una vida atenta", a "atroparlo todo". Significa esto entrar de lleno en las metamorfosis, en el hibridismo de las imágenes: "mendrugos de un único árbol". "Azul de la noche, resina, lágrimas". Hasta llegar a la resonancia del mito: "Ella es el pensamiento. Infierno y paraíso allí tienen árboles. Ella los baña". Canetti ha escrito: "El mito es donde primero me reconozco. Llamo mito a todo lo que entra en mí de un modo natural, como el aliento". Con tal naturalidad se dice en esta escritura la palabra alta de su ética: "Amparo". Y para dar y recibir amparo, el poeta se ha trazado un proyecto: "Hacia la ladera de las palabras sobrias; huesecillos de una mano"; y concluye: "Nevó. Llegar a un claro. Respirar":

Pero tal poética rigurosa se ha sentido antes en el propio cuerpo (y gracias a esa experiencia absoluta se puede ofrecer el amparo, el cuidado a todo lo que crece y respira: "Lo profundo; esto es lo diminuto"). El es alguien "como el hombre de un día así. En el temblor se alisa el pelo".

Un trovador, un trovador que canta a las partículas del mundo, las enhebra, las metamorfosea. Allí, en su "lugar indígena" y en su nomadeo, de aquí y de allá. Con las músicas grandes, los cantos, los poemas en prosa, la jarcha y la siguiriya. En su comarca simbólica se pone en tensión, dice: "Nos recostamos en la dureza terrestre. Y sin florecer, allí, tan de cerca, ni un paso". Pero el equilibrio se lo aseguran las palabras más propias de su nidal: "Con souvenirs de chocolate y la formica en penumbra de las cocinas".

Esa voz le pertenece tanto al hombre celeste como al flaneur profundo de las ciudades y los extrarradios. Ambos viven en la escisión: reconocer a primera vista las cosas comunes, un simple "patio de luces" y también la pregunta indescifrable: "¿Vendrá nuestro pájaro a aliviarnos?". Si han sido capaces ambos de solicitar cuidado y pedir amparo, es porque están con vida: "La vida. La vida como una presencia". Es más, viven al día esa vida: "La mariposa que embelleció el día con su único día". Pero la escisión es permanente, siempre hay "dos orillas" y los opuestos son muy activos: "Lo blanco y lo negro entran en el sueño".  O este axioma central de su poética: "Teme la luz, teme lo oscuro".

La imaginación y la razón poéticas se expresan en tales principios. Invocar el amor no es síntesis. Uno de los poemas más dulcemente desesperados que conozco es éste: "Amor mío / qué luz frotamos entonces / por qué sostiene un eje frutal el mundo / qué no acertamos a enhebrar / qué destello".

Antonio Méndez Rubio cierra así el prólogo a La voz del cuidado:

Al final, felizmente, hay quien ´oyó palabras que no pueden existir`. Palabras para las que el descenso es un movimiento que acoge, para las que el duelo es un éxodo y el éxodo un lugar de cruce. Sí, ´lo que funda es la pérdida´. Pero a la pérdida le sigue un acudir, un ir de par en par. Un viaje, como Alicia, a través del espejo. Un pasar de nuevo del viento, un llegar del verano.

Y en el epílogo, escribe el poeta y traductor Jean-Yves Bériou:

Viñetas dulcemente cueles, romanzas insidiosas y cuadros de ferias mentales y de paisajes que sólo señalan las huellas de un vagabundeo, un puñado de resplandores y espejos en los que se refleja un mundo congregado por algunos gestos azarosos y obstinados, fragmentos que son el mundo, nunca su ausencia; así es la poesía de Miguel Suárez.

Miguel reclama siempre que cuando se habla de una poética, de un poeta, se dé alguna muestra completa. Voy a leer este breve poema, uno de los más hermosos suyos (y son tantos los tocados por la belleza convulsa) y, también, una verdadera declaración de principios poéticos. Se titula ocho notas para clarinete y está dedicado a una amiga común, que es músico, Chefa Alonso. Lleva una cita de José Lezama Lima:

 

"Naipes en la arenera 
fija la noche entera 
la eternidad... y a fumar".
 

ocho notas para clarinete

Techo azul caballo blanco
y un libro quiero.
Encantamientos en vez de ley.
Una mano desde oscuro umbral
ofreciendo un caliente brebaje.
La cháchara de animales diminutos.
Fogata y charcos de agua.
Un país de olas.

 

 


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