Secciones de la revista


Po(e)mas son manzanas (sobre *Libro segundo* de Luis Muñiz) [Marcos Canteli]

jueves, 08 de diciembre de 2011


 

"Así la dispersión termina siendo un asidero

y todo lo que ayuda a trocear, dando aquí un mordisco 

a la manzana más jugosa, y allí al otro diario de campaña

acaba por dar en el cuerpo de un relato"

 

 

 

 

Ni se acecha ni se merodea sin objetivo. Tampoco sin lugar. De hecho, podría decirse que el lugar se convierte en el objetivo primero de quien merodea: hay algo del lugar necesario, hacia algo de ese lugar se proyecta toda cautela. Centrífugo, centrípeto (como en el poema de WCW), el acechante se aproxima o se aleja, pero nunca pierde de vista el núcleo. Ese núcleo, que en el poema central, el gran poema-tren de Un fragor indeterminado, recorría una toponimia concreta (Caborana, Moreda, Boo, Buciello, Picu Moros, Collanzo) para dar cuenta de un paisaje desmantelado, una Cuenca en fuga de sí misma, parece ahora, en este Libro segundo, un núcleo borroso. La rima adelanta una pista: lo borroso también puede ser jugoso. Saben los de la Cuenca a qué saben las manzanas.

 

Pero hay que empezar por la obviedad: Libro segundo, porque antes hubo un primero. Esto quizá suponga también una declaración de intenciones: llama a pensar la obra. Viene a decir: la escritura es proyecto que excede el libro, no se agota en él. Muñiz 2.0. Capítulo segundo. Algo así.

 

A menudo, al leer este Libro segundo, he pensado en las zonas más figurativas de la pintura de Richter, la manera en que ese aparente hiperrealismo de base fotográfica es interferido (cortocircuitado) por un sistemático desenfoque. Descoloca este Libro segundo: quien lo lea percibirá un relato que parece comenzar siempre "in media res", como si fuera parte de una conversación ya precedente, rumor de un soliloquio. Descoloca este Libro segundo: su narratividad es elíptica, su lengua parece hipotáctica (subordinativa) pero su lógica es profundamente paratáctica (yuxtapositiva). Su puntuación aparenta convencional pero es versal. Quien lo lea no percibirá un relato, sino múltiples. Aparezcerán hilos y vendrán más relatos a decirnos que no. Descoloca, porque descolocar es lo que quiere, lo que puede, y lo que no puede dejar de hacer: es móvil, contradictorio el espacio del poema (cita: "el intento de encerrar lo tangible / dentro de lo intangible, o lo que se mueve / dentro de un marco que proscribe el movimiento"). Y cito de nuevo, pero no a Luis Muñiz, sino a Carlos Piera, en apoyo de esa contradicción inherente a lo poético: "aquél que enuncia lo contradictorio es contradictorio él mismo, es decir, pone él mismo en tela de juicio su identidad. En lo personal, este cuestionamiento no se vive sin angustia. En lo literario, asumir la contradicción conlleva una forma determinada de radicalidad, que supone, en particular, partir de un lugar del lenguaje en que éste no admite imágenes." Efectivamente, si bien no se extinguen del todo, van desvaneciéndose con sutileza las imágenes: lo visual deja paso a una poesía que cada vez confía más en su instinto verbal y en su pensamiento asociativo (ése que, por ejemplo, contra toda lógica racional, transmuta invierno en infierno y comparece el hielo). Curiosa manera de concebir "poemas de tesis" cuando se hace traicionando sus bases, liberándolas de la carga de predeterminación, revisándolas de forma explícita sobre la marcha. Recuperar para modificar o dispersar a voleo [Inciso aclaratorio: esto me vino al pasar el tren por Zamora y, naturalmente, con Claudio Rodríguez -súbito chispazo de parentesco- en la cabeza: "Como avena / que se siembra a voleo y que no importa / que caiga aquí o allí si cae en tierra", un proceder legítimo].

 

"Cosas que se repiten / y cosas que no / y el espacio que se conceden unos a otros / para escucharse": así proceden los improvisadores, los artistas de la compañía: la escucha del otro y de lo otro es clave y de ello depende el espacio común, la música, y que lo de uno diga al otro, para que así ése eso pueda decir. De ahí que en Libro segundo hay tantas músicas, o lo que en este caso es equivalente: texturas, lecturas, fragmentos, citas. Todo unido por un mismo pegamento. Soliloquios, entonces, que sólo en apariencia son. En ello hay un placer. Como una manzana, ("siempre una manzana"): y seguramente sea más fácil desde la tradición anglosajona (una tradición de la que Luis Muñiz es rendido admirador -pienso, sobre todo en su vertiente americana: en Pound, Eliot, Pound, Stevens, Ashbery, Ashbery-) [decía que seguramente sea más fácil desde la tradición anglosajona] entender que los poemas no están lejos de las manzanas, poems are pomes (dejó escrito Joyce, sin ir más lejos). El poema puede ser frutal, jugo, juego. Pero la lectura (bien en su performatividad pública, como cuenta esa rareza que es "Memento Mori", bien en su dimensión privada) llama al fracaso de las expectativas, la decepción es nuestro placer. 

 

Se sabe que todo poema es suficiente e insuficiente, que no llega y que se pasa. (En ello abundó, con especial tino, Valente en su ensayo "La hermenéutica y la cortedad del decir"). Fracasa doblemente el poema: no sólo porque reclame el comentario, sino porque igualmente parece prohibirlo. Un poema como "Londres" llevaría esta asunción un paso más allá, al incorporar el comentario como parte del poema mismo, al hacer que el comentario devenga poema mismo, comentario que nada explica sino más bien desarrolla, encarna, esa lógica oscilante entre suficiencia e insuficiencia. 

 

Interrogativa, rectificativa: tal ha de ser la escritura cuando la lucidez repite que "Ya se ha dicho todo" y, pese a ello, se sigue (sin remedio) escribiendo. No cabe otra cosa que escribir entre paréntesis, que anotar, matizar o aclarar melancólica, escépticamente [Segundo inciso, no más: salta de nuevo, y para mi estupor, la querencia en principio tan alejada de las coordenadas familiares de L. M. -pero, mira por dónde y el tren no pasaba por Salamanca- viene a comparecer, por lo oblicuo, Ullán. Lo dejo ahí. Vuelvo a Luis]. Como quien "atrapado en su tarea olvida el móvil de su búsqueda. La tarea en sí es lo que importa. La tarea de buscar sin la esperanza de encontrar lo que se busca". O dicho de otro modo (y por insistir): la escritura será acechante o no será. 

 

Borroso núcleo del merodeo, aún cuando los títulos de cada uno de los poemas parezcan centrarlo: o, más bien, si lo centran es para desbordarlo, atravesarlo desde múltiples perspectivas, ensayar, recrearse en ángulos, tonos, motivos. Los virtuosos comen manzanas, cascarrabias rezongones antilíricos que también son algo utópicos. La realidad enfrentada a lo real, la ideología a la vida, y, pese a ello, el resquicio: "lo real puede ser algo que incluso no lo sea / un cambio, por ejemplo, percibido como real / como posible, que luego se malogra". Quizás el presunto antilirismo de la escritura de L.M. no sea otra cosa que una peculiar reconfiguración de la fidelidad al mandato primero de la lírica, tanto desde sus comienzos (el celebérrimo "Farey un vers de dreit nien") como desde posteriores mutaciones (léase traición de la ruptura, léase vanguardia o "make it new" de Pound). Borroso el núcleo, porosa cada vez más una escritura que es capaz de hurgar en (me vais a permitir la licencia) la más rabiosa actualidad como quien colecciona recortes de periódico: hablar, por ejemplo, de la crisis, la caída de las utopías, el adelgazamiento del Estado del bienestar, la conexión entre la Bolsa y la histeria, etc. Poesía y periodismo, es decir, agua y aceite. Commueve lo imposible de esa mezcla, esa (bien entendida) forma de compromiso: Libro segundo es un libro político no porque hable con abundancia de política sino porque permite alojar lo político como un elemento de sentido, revitalizar ese lenguaje más allá del eslogan o del utilitarismo efectista; es político por problemático, porque su núcleo (el núcleo de todo su merodeo) es un lenguaje que no sólo habla de la crisis sino que es o está en crisis. Lo épico (¿perverso?) del caso es que Luis Muñiz escoja, precisamente, como campo de operación el terreno más minado, aquél que pareciera invitar frontalmente al fracaso: la actualidad, o lo que es lo mismo, aquella zona que más acusa el desgaste del lenguaje. Si muy pocos poetas pueden meterse en semejante berenjenal y salir indemnes, aún menos logran hallar precisamente en el material más destensado la mayor fuente de tensión. De hecho, pocos libros hay tan conscientes y preocupados por el lenguaje, por las posibilidades e imposibilidades del decir, o del valor aproximativo de la escritura ("y lo que has pensado lo has escrito para acercarte / a lo que querías decir"). Y asumir así la provisionalidad, la inestabilidad, la ausencia de rumbo, como condiciones de ruta: "no tienes ni idea de hacia dónde fluye todo esto, no sabes / si quiera si fluye como acostumbra a hacerlo / cuando todo lo que te preocupa es el movimiento / no quedarse parado, ir hacia algún sitio". Ir diciendo sin norte, una y otra vez volver sobre el núcleo (lo borroso del núcleo) es lo que dice este capítulo 2. De ahí tanto su incomodidad como su fuerza. Que la única guía sea ese "aterido deseo de contar". Aunque esto sea mentira, pues ese contar es, siempre antes que nada, un cantar. Siempre antes de nada. Y entonces la fluidez, fruto de la atención y del montaje más delicados, se impone, la música de la poesía hace el resto, el murmullo de la lírica prevalece (aunque sea en versos tan largos).

 

 a 2 días del 20 de noviembre, 2011

 

 


escribe tu comentario

 

 

debe de indicar su nombre.

 

Captcha

 


  • todos los comentarios tienen que ser aprobados por la dirección de la revista antes de ser publicados.

suscripción RSS

suscríbase ahora y esté actualizado constantemente de las nuevas noticias de la web. (¿qué es RSS?)


PressKIT
Free counter and web stats