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Desfrío [Esther Ramón]

domingo, 19 de octubre de 2014

 

Es ahora,

la temperatura

se estabiliza.

Los ruidos descienden

un escalón.

Ya no son nuestros,

ni están lejos.

La mano deshace

una cremallera

de sal.

¿Estamos muertos?

He decidido ser roja y blanca.

Nos lavan la cara,

la memoria.

Comemos manzanas.

 

 

 

 

 

 

 

Ahora que corre el agua,

extiende tu mano

marcada para que

la muerda,

para que la lea como

un perro amarillo

que husmea los huevos

de los cestos

y te lame después las uñas

con su lengua dividida,

de culebra,

un bastón de nudos

si te apoyas,

caminarás siendo

el hueso de una boca

apretada que te borra

las líneas,

pisas tierra de cultivo

y la semilla se pega

a las suelas,

al calor del cuerpo

(ya no hay frío

en el brazo de reptil

que nos conduce

cerca del ganado).

Quiere una

yegua y los hilos

que la sostienen.

Adelanta la mano

venenosa,

como una rama,

deja que el agua

te la muerda.

 

 

 

 

 

 

 

Todo ocurrirá

dentro del huevo.

El pájaro futuro

se desprenderá

de su yema,

de su espora,

del clavo seminal.

Emergerá

un ser extraído

y blando,

todo vuelo,

tan caliente

y enfermo

como la médula

blanquecina del sol.

 

 

 

 

 

 

 

Rápido, dibuja

a los que despliegan

una tela blanca

sobre los niños

en fuego,

y así salvarlos.

 

Ojos abiertos

al diafragma dilatado

de la luz.

Se escindió la mitad

de la pupila,

el arroz se masca

en la penumbra.

 

Cubre también

los aullidos

de las aves

con esta fina

trama de gusano.

 

Esbocé primero

la boca, después

la sutura,

anoté en tu fémur

las primeras

letras.

¿Puedes leerlas?

 

No hables.

Carga unos sacos

de hierba

para enterrarnos.

 

 

 

 

 

 

 

El diálogo con las piedras

se inició de madrugada.

Con los dedos

palpé sus nombres,

se abrían mansamente.

Aroma excesivo:

plantas que exudan savia

al comienzo de un incendio

 

al final de una

tormenta.

 

Me contaron historias.

Rastros de la memoria

de imantación.

Extrajeron heces

sedimentadas de los

estómagos tanto tiempo

inactivos.

En sus vetas conté

glaciaciones y los rayos

que alteran la polaridad.

 

Custodian el estuche

geminado.

No quiero abrirlo.

¿Y por qué

nos despiertas?

La cabeza se borra,

envuelta en una manta

de colores intensos.

No podían callar.

Recordaban brazos,

haber cavado orificios

en la arcilla.

Desgarros,

una barra metálica

donde aferrarse,

la sacudida eléctrica

que las reanimara.

Querían echar a andar.

Inventé un cuento

para adormecerlas.

 

 

 

 

Del libro desfrío, de próxima publicación en Varasek Ediciones

 

 

 

 

 

 


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