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En blanco [Víctor M. Díez]

s√°bado, 16 de mayo de 2015

 

“                                                  “.

                                     

 Avner, el excéntrico

 

 

  

No el nombre de casi nada, tengo la boca

llena de tierra, de una tierra humeante.

Nada, es lo que te digo. Asgo nuestros cuerpos

de entonces, blancos, duros, abiertos.

Un paisaje borroso, imposible de enfocar.

Esto es lo que se me escapa.

La silueta de la palabra indecible

me produce un calor cercano al deseo.

Veo ese pájaro sin nombre cada amanecer

como preguntando, como recordándome

la cuestión... ¿Cómo llamar al invierno?

Chimeneas ciegas atrayéndolo hacia adentro.

Decir es traer o ya no.

 

 

 

 

 

 

 

Desconozco todas las estrategias.

Las reglas, sí. Que hay reglas, sí.

La garganta ardiendo por la infusión de jengibre.

El olor a cilantro en las manos.

La escritura que mancha como la sangre.

Cadena que reconstruye la tarde: te decidiste

a pegar lo roto de ayer, el pegamento

también se adhirió a tus yemas, dejaste las huellas

por ahí pero nadie las percibe. Lo peor fueron

todos los fragmentos de todo lo que se convirtió

en tus dedos, por no decir tus manos.

 

 

 

 

 

 

 

Ya no sé nada de vosotros. Os oigo

a veces pero no sé. Que no digo, que no emito,

que soy de papel arrugado. El sonido de un papel

arrugándose en el escenario de un teatro vacío.

Sigo repartiendo pinzas de madera y fichas de parchís

por los callejones. Eso sí, decís. Pero lo que decís

no me concierne. Destapo un cubo

y veo un hogar abandonado.

Las luces de los autos me deslumbran

como vuestra ausencia. Que enmudezco.

De qué os asombráis. Sentí el asco un día

en que apenas había bebido. Me ensombrecí

en un banco durante horas.

 

 

 

 

 

 

 

No entiendo la armonía de todo. Tampoco

nuestro olvido de la armonía. 

Salgo un instante y todo son roturas.

La discontinuidad de lo urbano, la respiración

entrecortada, los amaneceres en blanco roto.

Hace tiempo que no alcanzo a comprender

la síncopa de lo común. Otra armonía, me digo,

mientras subo un nuevo tramo de escalera.

Desconfío hasta de mi propio desconsuelo.

Hace tiempo que los gurús

sospechan de todos nosotros.

Qué estáis haciendo, como si toda la vajilla

fuese a estallar. Esa explosión contenida.

 

 

 

 

 

 

 

Sacrifico mis intenciones mirando al ocaso.

El ritual ante otros ojos me ayuda.

Ya no me doy cuenta, me retraso.

Desconozco los riesgos de cada acto.

Hundirme, quedarme absorto ante lo que aprendí

y ya había olvidado, es mi manera de avanzar.

El desorden de la inmediatez. Una sucesión

de equipajes a medio abrir como almanaque.

No hay quien ande por este sótano

de memoria, nunca me acuerdo de la bombilla.

 

 

 

 

 

 

 

Casi agujereado, lleno de huecos

por la ignorancia: nidos y nidos de nada.

Una casa de palomas, un secadero de tabaco.

Mental, la radiografía sin  rayos, para percibir

esa sucesión de conjuntos casi vacíos.

Entra un frío ancestral

por los vidrios rotos. Aire que pierde aire

en el vecindario de la incertidumbre.

Voraz, recojo cartones y telas,

papeles viejos para cubrir las rendijas.

 

 

 

 

 

 

 

Lo que son manos que casi nada pueden recoger,

se convierten en mi familia en pulmones

que apenas pueden agarrar aire.

Es como una tara de estirpe.

Empieza por un dedo meñique, me dijo el hermano

mayor de mi madre; después el otro

y ya toda la mano y las dos manos. Un  día dejas

de poder andar, ya no se vuelve. El humo

nos va paralizando de a poco. Habladurías.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero sin gracia, la torpeza del payaso.

Se me cae la sintaxis. La frase se vierte entera

al agacharme a recoger la palabra rota.

El poema, abierto por debajo, va dejando

un reguero de sentido, mientras camino sin conciencia.

Todo lo que queda atrás. Soy lo que pierdo

por el camino. No hay fortuna

en esta ligereza de sólo restos.

Cierro a duras penas

la bolsa de la boca casi vacía.

 

 

 

 

 

 

 

Desdecir. Del dicho al hecho, lo deshecho.

Una maquina nocturna de fabricar jirones, cintas

de color que sancionan los actos del despierto.

Una infrecuente habilidad para dislocar

lo que el azar encaja una y otra vez para ti.

Aparta de mí estas tijeras de ser vivo. 

 

 

 

 

 

 

 

Desdoblar la voz como un mapa, suena

el acordeón. Tu voz, me dijiste, a través del trafico.

Te doy una moneda por la canción soñada.

Decía: hoy quiero estar triste para saborear

la piel amarga, no el corazón jugoso de la tarde

evaporándose.

 

 

 

Víctor M. Díez (León, 1968) es autor de libros de poesía como Evaporado va, Cordura Abajo, Circo varado, Oído en tierra, Voz fuera de campo o Ser no representable. También forma parte del cuarteto de música improvisada Sin Red (con los músicos Chefa Alonso, Ildefonso Rodríguez y Cova Villegas) y es conocido por sus trabajos con músicos, grupos de teatro y, en general, como agitador cultural y creador proyectos estéticos contemporáneos.

  

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