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Esquemas impropios [Carlos Otero]

martes, 07 de febrero de 2012


Dos fuerzas dislocan la imagen que proyectamos como sujeto de nuestros actos. Las inclinaciones demasiado propias que nos arrastran, las lógicas ajenas que nos constituyen y en las que somos. Un fondo que asciende, un afuera que entra.

 

Toda verdadera meditación de sí es, en sentido estricto, impersonal; se desarrolla necesariamente, si es veraz, en un espacio en el que no hay lugares propios. La meditación llevada a término conduce a un doble resultado: el reconocimiento de las inclinaciones propias y, simultáneamente, su inscripción en un espacio anónimo en el cual se manifiestan como comunes, como típicas. Dicho de otra manera: el descubrimiento de que uno no es uno mismo. Sólo el movimiento característico de cada meditación sobre uno mismo (su ritmo, sus limitaciones, su forma) ofrece una idea de la propia singularidad.

 

En último término, sólo aquéllos que permanecen bien encuadrados, que nada esperan, ni nada deben esperar más allá de lo que les corresponde, pueden evitar dirigir su mirada hacia sí mismos. Para ellos el destino es siempre destino manifiesto, evidente. En tal situación toda mirada es superflua. Sólo les resta esperar el Juicio Final.

Ninguna vida escapa a los momentos críticos que hacen posible una nueva comprensión de lo vivido hasta entonces; en esos instantes se proyecta una luz diversa en la que el pasado adquiere una evidencia definitiva. Jamás se podrá decir "esto fue así", pero sí se podrá afirmar, sin rastro de duda,  "esto no era así". El carácter definitivo, terminante, de esta negación no reside en la verificación de un hecho pasado, deriva, antes bien, de la fuerza de un presente lúcido, que también pasará, es cierto, pero dejando el estigma de su lucidez.

 

La lucidez  se quiere expansiva. El Lúcido necesita que la situación se  haga igual de transparente para todos aquellos implicados en ella. Sólo así su esfuerzo, su trabajo, su coraje se verán recompensados; tendrán efectos. ¿De qué le serviría su perspicacia si no pudiese influir sobre lo que pasa en "la  realidad"? Sin esta eficacia la lucidez acabaría por revelarse  como una mera teoría sin fuerza alguna. El dominio que implica la lucidez solamente se vuelve operativo si todos, o por lo menos la mayoría de los que forman parte de una situación, aceptan leerla con los ojos  que el Lúcido les ofrece despóticamente. El Lúcido necesita y exige esa conversión. ¿En qué se diferencia la lucidez del mero ejercicio de poder? Si el aprovechamiento de la fuerza que aporta la lucidez en la ceguera de los demás no se diferencia del cinismo, entonces la exigencia de conversión, la voluntad de que los demás lean la situación lúcidamente no es más que voluntad de poder enmascarada. 

 

El Lúcido escribe su lucidez. Sólo la escritura puntúa con alegría su desamparo.

 

No conozco, no puedo determinar lo que se encuentra tras el rostro del resentido, pero la verdad de mi saber acerca de lo que se esconde detrás, si es que es posible que haya saber sin determinación, se prueba en el hecho de que no siento la menor curiosidad acerca de ello. Siento que nada puede sorprenderme. Su rostro no me ofrece la menor sospecha. No puedo arrogarme el derecho a dictaminar lo que se esconde detrás de la máscara, simplemente me creo capaz de decir que es justo que no me despierte ninguna sospecha.  No sé lo que hay; sé que allí la ambivalencia, el movimiento de la vida, no tiene lugar. Un tremendo Yo se levanta rígido.

 

La quiebra en el fondo del ojo, la repentina momificación del cristalino es la señal de que algo ha venido a interrumpir el circular de imágenes en el que se acomodaba Narciso. El semblante no se altera; lo contrario supondría el reconocimiento implícito de que está atento a las miradas de los otros, de que las busca. Horas más tarde, días más tarde la quiebra se manifestará esclerotizada a su conciencia. Desde entonces constituirá una cicatriz más a la que retornará de forma reiterada. Jamás la olvidará. No sería exagerado decir que el cuerpo secreto de Narciso es sólo un pedazo de carne cubierto por innumerables cicatrices. La figura de su alma no es más que la geometría levantada a partir de todas y cada una de estas marcas indelebles.

 

La capacidad de vivir sin sostén bajo los pies (patria), sin plenitud a la espalda (infancia memorable) constituye la ventaja de una vida sin Paraíso. Aquél que carece de Paraíso se mueve sin nostalgia, sin arraigo; posee la libertad de no haber tenido que partir. No había, no hay historia que conservar.

 

La transferencia a la vida del carácter agonal de la búsqueda de la verdad, transferencia claramente neurótica, resulta, literalmente, invivible. El despliegue, la ofensiva del Agonista quema la tierra; el desierto crece. Cada polémica se convierte en la ocasión para la determinación sobria y desencantada de la situación. Tal actitud hace imposibles las ambigüedades y las indecisiones que sostienen la vida cotidiana. La ofensiva termina cuando lo latente se ha decidido en su totalidad. El resultado es un mundo helado. Paisaje posnuclear, diría un crítico de cine no muy imaginativo, en el que se han decidido todos y cada uno de los átomos. La potencia, la energía oculta que genera  y sostiene las tensiones que conforman la vida cotidiana, está exhausta. El Agonista permanece solo, en lo alto de un pequeño montículo, los ojos extremadamente abiertos (Eyes Wide Shut). 

 

Un movimiento vital subyace a todos estos apuntes. Pero aquí la vida se presenta atravesada por una mirada fría; tiende a la forma, se cristaliza. En el cristal la vida resuena, en verdad, como la fricción del tiempo. 

 

Animal, una movilidad pura; en silencio.

 

 

Vigo, 12 de enero de 2012


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