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Monósticos [Jordi Doce]

lunes, 21 de noviembre de 2011

 

I

 

Alguien llega por el pasillo a oscuras.

 

 

II

 

Está de pie junto a la puerta.

Dice: «Vengo a traerte noticias de tu vida».

 

 

III

 

El viento en los relojes es más puro.

Nadie confiesa lo que importa, y eso está bien.

Una lluvia menuda gotea en las renuncias.

 

 

IV

 

Parpadeas igual que una pantalla en un salón vacío.

En el fondo del bosque las palabras no pesan. 

Un niño se perdió volviendo a casa, y así comienza todo.

Tengo los ojos rojos de tanto hablar contigo. 

 

 

V

 

Lo que dice la música no se puede decir.

Estuvo con nosotros pero nadie le pone cara.

Aquí donde me ves, yo tenía la vida resuelta.

Burlando la hora punta silba un afilador.

Sé bueno y guárdame el secreto, anda.

 

 

VI

 

¿Y quién es este que aparece sin avisar?

¿Este que ahuyenta la neblina dando palmas?

¿El que da voces en un patio vacío?

¿Vendedor, curandero, camorrista?

¿Por qué vino tan tarde a este mundo tan viejo?

¿Cuándo vas a decirle que se vaya?

 

 

VII

 

Una casa. Un salón. Una pantalla.

Si no sabes qué ocurre, afina los oídos.

Fuera, el viento sacude los pliegues de los toldos.  

Vida es lo que se deja comprender.

Unos dedos son unos dedos son unos dedos.

Fuera, el viento remueve el agua de los charcos.

Si pones atención, oirás voces. 

 

 

VIII

 

Comenta que está bien, que ya pasó.

Tiene la espalda señorial, casi olímpica.

Luego la voz le cambia, de pronto, y todo es antes.

Viene de un duelo colectivo, de un aquelarre blanco.

No es posible dejar de ser lo que uno fue.

O también, esa puerta que se abrió sigue abierta. 

Así empiezan los cuentos: un niño se pierde en el bosque.

Si algún pájaro habló con él, no lo sabemos.

 

 

IX

 

Esto quiero: vivir en los comienzos.

Quedar del lado del augurio, la conjetura.

El tallo que descuella.

Caminas por defecto sobre la tierra roja.

Si miras a tu espalda siempre sobran palabras.

No estás en lo que estás, no prestas atención.

Grotesco el gesto del arrepentido.

Un niño juega donde las acequias, bajo el sol de septiembre.

El agua suena en sus oídos pero no hay agua.

 

 

X

 

Se congregan las nubes, casi sonámbulas, casi vegetales.

Y la ciudad, al fondo, como un mosquito en ámbar.

¿Sabes por fin de lo que hablas?

Coches que rayan el asfalto mojado.

Yemas de luz en solares vacíos.

Decir lo justo fue siempre quedarse corto.

Quien salía de casa refinaba su fe.

Quien salía de casa aprendía sus límites.

Superficies opacas, desabridas.

Láminas que a la vez se atraen y repelen.

 

 

XI

 

Sabía ver el mundo como si no estuviera en él.

Olvido, indiferencia, estas eran sus señas.

También piedad, a veces, una extraña ternura.

El piloto parpadeaba a ratos, con desgana.

No era cosa que debiera inquietarle.

Según el plan en curso, sobraban las urgencias.

Sin embargo, sentía un eco de los antiguos vínculos.

Algo se removía a tientas allá dentro.

Corrigió una palabra de su informe y se puso a esperar.

Siguió esperando mientras la Tierra daba vueltas.

Si las piezas debían encajar, él no veía cómo.

 

[…]


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