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Memento mori [Luis Muñiz]

sábado, 19 de diciembre de 2009

 

MEMENTO MORI

para Fonso e Isa

 

Fueron cuatro
y eso te recuerda lo que eres, la importancia
que tiene lo que haces: cura de humildad, por tanto
y feliz por poder leer para que aquello no se atasque
en las grietas de tu cerebro. A qué sabe
esa expectación cuando tienes ante ti muchos minutos
por delante y la enjuta melodía, casi un pedal point
no salmodia ni solivianta. Sabe
acre como la boca después del vómito;
sabe y no sabe a obligación, a espacio y tiempo perdidos
a la inútil exposición de materiales que se oxidan y corroen
acompañados de chispas de saliva. Te sabe
a todo eso, y la gente te pregunta por qué te empeñas
entonces en dejar tu feo cuerpo a la intemperie
por qué insistes en el frío y rehúyes el calor.
Qué distinto es cuando lo vislumbras
antes de que quepa siquiera la alternativa
de entregarlo a los demás, y das otro mordisco
a la manzana (siempre una manzana)
y sí, qué ubres de paciencia ilimitada ordeñarías
con tal de mantenerlo unos pocos minutos más contigo
con tal de entibiar esos grumos, que te queman entre las manos
y si se enfrían, se diluyen. Pero se enfrían
crían costra, se endurecen como postillas en los codos
y entonces empiezan otra vida, más acomodada, más
burguesa, y hay que sacarlos para que se oreen y sus puntos
de sangre pétrea se desmigajen como letras en la página.
Hay que sacarlos, pero ¿por qué?
si han sido reducidos a polvillo y los montoncitos que forman
reclaman un aliento que no puedes fingir que tienes
a menos que ataques como si la caña
se hubiera quedado obturada, taponada por la saliva
y con ese sonido gutural y ronco, con ese soplido salvaje
quisieras aventarlos, verlos otra vez gráciles
y propicios, un punto levantiscos.
                                                     Cuando los cuatro
por fin se levantan
y el exiguo auditorio desaparece con sus bufandas
y sombreros, vuelves a toser, el invierno ya está aquí
te dices, y en ese momento concibes un modo de conservar aquello
que no se te había ocurrido: basta con que leas
igual que cuando escribes, como si te dieran un potente grog
a base de whisky, naranja, clavo y agua hervida
y sus efectos balsámicos te permitieran dormir como un lirón
después de bregar con lo peor de la fábrica, discutir de fútbol
y política, y enterarte de que el verso libre
te convierte en un adanista. Lo peor
siempre está por llegar: por combustión espontánea
por implosión, hagamos como que solo íbamos
a tomarnos otro vino, y la confluencia de caldo y rayo de sol
nos pulverizó.

 

 

 

LUIS MUÑIZ (Caborana, Asturias, 1964) ha publicado Un fragor indeterminado (2008). Es redactor del diario ovetense La Nueva España, en cuyo suplemento cultural ejerce la crítica literaria. 


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