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7 poemas de Una premonición queer [Aníbal Cristobo]

martes, 07 de sbril de 2015

Una oferta humillante para un ingeniero

 

Sabíamos algo: que el experimento llegaría en el mismo fascículo
en que se reseñaba una variante revolucionaria

del I-Ching, y algunos deportes lacustres
descatalogados. Pero no que un mediodía, aburridísimo,
el más joven de los camioneros sacaría un imponente grillo de Malasia
de su fiambrera y lo dejaría caer sobre el mapa
del distrito, en una señal falsamente copiada de las mafias aztecas.

 

La huelga duró diez días, la llamaron "la huelga de los diez
abetos", y cuando terminó era imposible encontrar la revista.
Improvisamos, con las informaciones que llegaban por radio,
transcribiendo las dudas a la libreta
verde ¿Se trataba de una prueba concreta, o los resultados se sucederían hasta el infinito?
¿Los materiales debían emular a los usados por los precursores? ¿Ser especialmente exóticos?
¿Afectaría el experimento nuestra imagen del mundo y del espectáculo? ¿Crearía entre nosotros
un lazo indisoluble, si fracasábamos -como quedan unidos los niños
que han matado a un amigo jugando?

 

 

 

 

 

 

 

La soledad organizativa

 

En el mercado, habías oído hablar nuevamente
de ese grupo de hombres que dibujaban, en una habitación cerrada,
una canoa atrapada en el hielo.
Se habían reunido después del desayuno,
sin un plan previo, observando el modo en que el viento
hacía ondular sus corbatas
cerca del acantilado. Uno de ellos
volvió la vista un instante hacia su despacho y recordó
que con 20 años se había aficionado
a fotografiar a su hermano mayor. Guardaba un par
de buenos retratos: ¿por qué
no llevarlos a la expedición? También habías oído
historias acerca de la trucha; y cómo uno de los hombres
había resultado herido, y se mantenía

en silencio, en un ángulo del salón de reuniones,

dibujando en la tierra con un trozo de alambre. ¿Sería aquel
a quien llamaban "el disidente"? Los rumores
se habían multiplicado; cualquiera de nosotros
podía haber estado en esa habitación, tiritando. Las lonas
de las fruterías comenzaron a sacudirse con la tormenta,

un momento después.

 

 

 

 

 

 

 

Déficit

 

Sucederá en verano, antes de que fermente
la experiencia para comprenderlo: vas a ver una pista
de patinaje vacía, y un guante caído sobre el hielo,
y vas a pensar que esa era mi idea
del amor. Será de noche, tu madre
y yo estaremos viendo un documental
de tortugas marinas: vas a llegar
criticando ese gusto nuestro por un mundo
extinguido, haciendo chistes fáciles, y te vas a encerrar,
con un humor de perros, a buscar este poema.

 

 

 

 

 

Programación de noviembre

 

Ese mes tuvimos muchísimas ideas. Octubre había sido
récord en despidos y separaciones
y ahora se desataba un ingenio imbatible:
cada día me esperaba alguien en el escritorio, chicos
que parecían salidos de un concurso de twist, con una explosión
de Red Bull en las pupilas y carpetas naranjas
donde se leía: "La expedición de Krank", o
"Fuga en el restaurante persa", o "Meteorología
para niños". Paralelamente, mi desinterés por la creatividad
fue creciendo con mis vagabundeos al final de la tarde.
Una vez llegué hasta un río congelado, pasados los últimos barrios
del oeste —y pensé que podríamos
encontrarnos. ¿Me ibas a reprochar algo?
Hace años le habías dicho a mi madre que estaba criando delincuentes:
viví con miedo de que la profecía se cumpliese, convencido
de que cualquiera de mis pasiones podía causar una catástrofe bursátil. Así aprendí
a no desear, mirando a esos adolescentes de camisas a cuadros

vaciar sus rifles de aire comprimido contra una lata, como

si la amistad fuese un suburbio de Londres, y la fama,

una pestaña helada entrando en nuestras vidas.

 

 

 

 

 

 

 

Reporte de un negocio fronterizo

 

Seguro que lo sabíamos todo: dormidos, habíamos estado oyendo

grabaciones sobre plataformas petroleras, cerámicas y reactores nucleares,

grandes fenómenos ópticos; y las conclusiones

relacionaban teorías sobre la superficie idealmente convexa de la córnea

con la perforación de nuestra inmunidad como ciudadanos. Soñábamos

desfondar lo aprendido ante las cámaras, conmovidos por las modulaciones de los reporteros

que agregaban matices impensados a nuestras modestas vidas

de extrarradio: la última noche nos reunimos en un gimnasio abandonado

y establecimos que ese sería nuestro campamento mientras durara

la nieve tóxica. Y ensamblamos nuestras hipótesis en una nueva 

explicación que finalmente fue como esas fotos familiares donde todos

adoptan posturas incómodas, y el verosímil se pierde por efecto

de la combinación de equilibrismo y sonrisas forzadas. Durante la noche

algunos se soltaron del grupo y decidieron colonizar el jardín. Era una zona 

a la que Prefectura nos había prohibido ingresar, de un modo ambiguo.

Teniendo en cuenta las recientes plagas, parecía un problema

de reputación política... imagino que los encontraron al amanecer cerca del río,

contando una leyenda copiada de algún niño de San Petersburgo

hace doscientos años. No era, ni por lejos, un campo de exterminio: había de todo, y terminales

para efectuar donaciones a diversas causas, incluida la nuestra. Tal vez

sea cierto que sólo teníamos en común un defecto maxilar muy ostensible,

como se publicó más tarde. Las placas muestran la corrosión pero no revelan nada

sobre las amenazas tectónicas. Empecemos de nuevo:

¿qué conocimos sino esa deformación en la que una cinta malograda

estira una vocal cualquiera hasta el infinito? Los Panasonics debajo de la almohada

fueron un gesto de supervivencia, nunca un método... Nos volveremos

a ver; hay algo, en la forma del mundo, que todavía no es definitivo.

 

 

 

 

 

 

 

Una forma increíble de hacerse rico

 

Primero, cuando llegamos hasta la curva después
de las torres de alta tensión y vimos esos cinco
o seis ciervos brillando en la oscuridad, pudimos creer que aquello era el

futuro y pudimos hablar de eso
toda la noche: de la potencia lumínica de cada uno, —intensificándose
en las pezuñas— de la similitud con el
holograma de alguna banda nórdica, y de lo insustancial de la
revelación. Horas más tarde volvía
a amanecer, y nos acurrucamos en los asientos
contemplando una planicie infinita, abierta
frente a la carretera bíblica —y entonces: ¿eso era otra vez
el presente? ¿Colocar una musiquita

pegadiza sobre la resolución del juzgado
y tararearla con un ojo en el retrovisor? Parecía imposible

envejecer así, desplazándonos envueltos
en una nube de tierra y ruidos de guijarros
contra el chasis, acumulando siempre
el estigma de la respiración al fondo del relato.

 

 

 

 

 

 

 

Un valor de señal

 

Al volver en sí, uno espera que dos transportistas, 

asociados por la neurosis sonora de una máquina

tragamonedas, negocien impresiones acerca de un circuito

de peajes y puestos de revistas, donde el índice de inversión

vial repercuta sobre los epigramas de los baños

públicos, como si se tratara de una beca
artística. Ellos, con abundancia de servilletas, sólo improvisan

el origami de la desolación, pero así crean un código
que guarda la secuencia de lagos secos, embotellamientos

y dolor cervical.

 

En vez de eso, y en un radio

simbólicamente menor, los padres

vigilan la mutación lingüística de sus criaturas:

yo soy uno, tomando cada día muestras fónicas

ya caducadas; la rutina de dos que se comunican

las declaraciones de un tercero, y que se guían —como

en un jackpot— por la coincidencia de tres componentes 

que nunca se detendrán al mismo tiempo.


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