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Plantar cara. Sobre un poema de José Ángel Valente [Jordi Doce]

sábado, 05 de diciembre de 2009

 

LO SELLADO

Pero obremos ahora con astucia, Agone.

Cerquemos el amor y cuanto poseemos
con muy secretas láminas de frío.

Pasará el vendedor de baratijas
y nada advertirá,

pasará el traficante de palabras terciarias
y nada advertirá,

pasará el voceador de su estúpida nada
y nada advertirá.


«Lo sellado» se incluye en el libro El inocente, editado en 1970, como parte de una breve sección, la segunda y central del libro, cuyos cinco poemas dialogan, en algún caso de manera explícita, con la figura de Agone. Alusión y homenaje a Lautréamont, Agone es una figura compuesta y compleja: no sólo trasunto de su propio hijo en su paso por la niñez, la adolescencia y la primera juventud, sino también alter ego del poeta mismo, quien ve reflejado en el difícil crecer del hijo sus propias dificultades existenciales, su debate constante con las resistencias de todo orden que acompañan la vida. Este principio de identificación se consuma, años más tarde, en No amanece el cantor, como parte de las estrategias del duelo para reparar o al menos aliviar la pérdida del ser amado. Aquí, por el momento, es una forma de sugerir que el contiene de algún modo al yo, que en su diálogo con el hijo el poeta habla también consigo mismo y toma conciencia precisa de sus fuerzas y sus faltas. La mirada hacia el hijo es también, en última instancia, mirada hacia su propia infancia «arrasada», reflexión compasiva y amarga sobre el sentido de la inocencia que da título al libro.

Salvado el primer verso, sin embargo, el poema se despliega como un ejemplo perfecto de esa poética de la retracción o la negatividad que Valente convertiría en centro radiante o irradiador, genuina entraña de fuego de su vínculo con la palabra. Los ejemplos son innumerables y pueden espigarse casi a cada página. Recordemos, sin ir más lejos, aquel célebre fragmento de «Cómo se pinta un dragón», no por más citado menos pertinente. La poesía, dirá entonces, «es, antes que nada [...] incomunicación, cosa de andar en lo oculto, para echar púas de erizo y quedarse en un agujero sin que nadie nos vea [...]». Pero ya antes, también en El inocente, había dicho del poema mismo: «Si no creamos un objeto metálico / de dura luz, / de púas aceradas, / de crueles aristas, [...] / cuándo podremos poseer la tierra. [...] Si no creamos un objeto duro, / resistente a la vista, odioso al tacto, / incómodo al oficio del injusto, / [...] cuándo podremos poseer la tierra». El poema como armadura, diríamos, o también: como celebración y apoteosis del blindaje, de la coraza que nos protege, y protege nuestras palabras, de cualquier forma de mancha o de usura, de tráfico humillante o de putrefacción. Que nadie ponga sus sucias manos sobre ti, poema, o sobre mí, su autor. O sobre nada que yo considere valioso, digno de acompañar y fundar una existencia, como ese «amor y cuanto poseemos» que ahora se nos muestra cercado, no por «púas», sino por «muy secretas láminas de frío». La imagen no puede ser más rotunda ni más sugestiva. Evoca, en otro plano, por el modo en que ofrece connotaciones de retiro y ocultamiento, la del planeta que, en un breve y memorable poema de Ted Hughes, «se ha encogido hasta ceñirse / al lento corazón del roedor que hiberna» («Campanilla de invierno»).

En este punto, la voluntad de retracción se confunde por momentos con el miedo y también con el desprecio, la rabia, la ira incluso. Con aquello, al cabo, que al amenazarnos suscita una respuesta defensiva, un rapto de desdén preventivo cuyo fin primero, y quizá el único, es revelar la falta de legitimidad moral del enemigo. Una falta que le es propia, que lo marca como un estigma. Este enemigo, en «Lo sellado», tiene al menos tres cabezas: «el vendedor de baratijas», «el traficante de palabras terciarias», «el voceador de su estúpida nada». Son aquellos que nada pueden «advertir», que deben quedar al margen sin vislumbrar siquiera la médula de nuestra existencia, su raíz oculta.

Este recelo desdeñoso y hasta aristocrático hacia el tráfico social, hacia los negocios y componendas de una comunidad burguesa que se reconoce en el lenguaje urbano de los periódicos, del comercio, de la publicidad, tiene un ilustre linaje neorromántico, pero sospecho que su origen, al menos en parte, puede rastrearse en «Cuanto puedas», un breve poema de Cavafis que Valente tradujo por aquel tiempo y que apareció en 1971, apenas un año después que El inocente, en los Treinta poemas del escritor alejandrino editados en Málaga por Ángel Caffarena: «Si imposible es hacer tu vida como quieres, / por lo menos esfuérzate / cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca / por contacto excesivo / con el mundo que agita movedizas palabras. // No la envilezcas nunca / en el tráfago inútil / o en el necio vacío / de los rostros diarios / y al cabo te resulte un huésped inoportuno». Las correspondencias entre expresiones son inmediatas: «palabras movedizas» o «terciarias», «necio vacío» o «estúpida nada», «vendedor de baratijas» o «tráfago inútil»... Por si hubiera dudas sobre el sentido del rechazo valentiano, bastaría con retomar el fragmento antes citado de «Cómo se pinta un dragón» y recordar que el propósito de este movimiento de ocultación, de retiro, no es otro que «estarse allí en el claustro materno, seguros y escondidos, sin que nadie aparezca, sin que nadie nos saque a la luz pública, desnudos e indefensos, nos saque y nos suplicie y nos repita la sorda letanía cotidiana, la letanía aciaga de la muerte» (cursiva nuestra). Ese tráfago inútil de lo cotidiano, en palabras de Cavafis, ese desfile de rostros reiterados y palabras convencionales que se despliega a la luz pública es, según esta lectura, una especie de muerte-en-vida, una rendición de la preciada intimidad del individuo, una abdicación, en fin, de sus querencias y palabras más secretas. Estar vivo es estar en tensión, a la defensiva, es plantar cara al asedio constante del mercadeo burgués, empeñado en devaluar una y otra vez el sentido de las palabras de la tribu y degradar la calidad de los valores y los afectos. Leyendo esta poesía, no puedo sino evocar aquel memorable aforismo de Wittgenstein: «No puedo arrodillarme a rezar porque, en cierto modo, mis rodillas están tiesas. Temo la disolución (mi disolución) si me ablandase». Como en el caso de Eliot, los momentos de rendición y entrega, los paréntesis de calma, en suma, sólo pueden sobrevenir a costa de ejercer una profunda violencia sobre uno mismo, de vencer resistencias casi tectónicas.

Aunque incluido en El inocente, la naturaleza de «Lo sellado» me hace pensar si no podría haber formado parte de Breve son, ese recuento de sus poemas más cantables o naif, imitaciones y pastiches a menudo irónicos de una poesía popular que Valente subvierte desde dentro, jugando con sus ritmos y estilemas, haciéndola hablar el mismo lenguaje de furia y desmarque que caracteriza toda su obra. Hay que ir a Breve son, de hecho, para encontrar un texto que, como «Lo sellado», se planta ante sus enemigos con gesto retador, burlándose de su ceguera y sus limitaciones, de su lectura obtusa de lo real. Cuando Valente nos dice, ahí, de «propon[er] al fin un edipo al enigma, / un trompo al justiciero general de a caballo, / una falsa nariz al inocente, / pan al avaro, / risa al cejijunto, / al astado burócrata una enjuta ventana / con vistas al crepúsculo [...]» («Bajemos a cantar lo no cantable»), lo hace a sabiendas de que estos personajes, como en «Lo sellado», nada advertirán. La frase es ambigua, desde luego, en línea con esa «astucia» que se le aconseja de inicio a Agone: ¿No advertirán el desafío? ¿O advertirán, en su presencia ineludible, la nada que son ellos mismos? Quizá la coexistencia simultánea de ambos sentidos es lo que da a este poema su temblor inquieto, y a nosotros, como lectores implicados en él, un comienzo de lucidez.

 

 

JORDI DOCE  (Gijón, 1967) además de traducir la poesía de Paul Auster, William Blake, T.S.Eliot, Ted Hughes, Charles Simic, Peter Redgrove y Charles Tomlinson, es autor de poemarios como Lección de permanencia (2000), Otras lunas (2002) y Gran angular (2005).

 


2 comentarios | deja el tuyo!

#2
Una pena, estaba fuera de Madrid y me perdí el homenaje. Tampoco conocía el video. Es verdad que impresionan mucho esas imágenes de Valente, son casi un puente entre la muerte y la vida. Abrazos, María

#1
Gracias por el video de Valente, es impresionante.

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