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Sísmica [Esther Ramón]

jueves, 14 de mayo de 2015

 

 

El cuerpo tiembla con el sueño. Dormido, el cuerpo se mueve en un tremar de hojas y de párpados, ligeramente en desajuste. El sueño nace de lo sutil de ese encaje incompleto que es temblor.

 

El primer libro de la poeta asturiana Ruth Llana, Tiembla (Point de lunettes, Sevilla, 2014), bebe del río redoblado donde el cuerpo y el sueño ya no son dos orillas sino dos cauces, y la palabra fluye como vaso líquido en el que reunirlos y beber.

 

<cuerpo>

 

“Quiero lo que amo a través de lo que toco. (..) Toco lo que amo para comprender el significado de la carencia. Tocar para carecer. Tocar para creer en lo que amo a través de que lo toco. Tocar lo necesitado. Para comprender tu muerte. Tocarte”.

 

Tocar no tiene partitura. Se hace o no se hace, y en el tacto, en el piélago, no hay centro, o sólo hay centro derramado. Se tocan los bordes, las paredes, lo frío, lo caliente; desde ahí la reverberación. Se toca la carencia, no la prueba. La que toca es tocado, el que toca es tocada. Si se hace, no hay anverso ni reverso. Sí lo hay cuando se impide, noli me tangere, cuando se impone lo espectral de la luz, su cualidad inasible. “No es que Jesús se niegue a María Magdalena: es que el verdadero movimiento de darse no es entregar una cosa para que sea agarrada, sino permitir el toque de una presencia, y por consiguiente el eclipse, la ausencia y la partida según los cuales, siempre, una presencia debe ofrecerse para presentarse”[1]. El gesto de “la Madelon, la Madelomphe, la Madeloche”[2] queda interrumpido, desajustado, mal encajado, pues no encuentra engarce ni sostén, como se muestra en esta antigua canción: “María-Magdalena / Por los países va / cantando: / La tierra que me lleva / Ahí ya no me puede llevar / Los árboles que me contemplan / Ahí no hacen más que temblar”[3].

 

>sueño<

 

“Y si yo te dijera, sí, si yo te dijera que anoche soñé que partía sí, que me partía a la mitad no un pelícano, no, sino cuatro pelícanos a los que bauticé con el nombre de cormorán y que tú y otros tantos como yo los soltabais en el aire y que en eso sí, en eso consistía mi partida, mi parto, mi resurrección, y que en la muerte uno de ellos se transformó en clara,  se esparció por el suelo (…).

 

Sparagmos, parto, partida, desmembramiento. De lo pre-nacido, de lo interno. Cuando la yema se aparta de la clara, y la clara se esparce, se diluye, pero todo sucede de puertas para adentro, porque la cáscara sigue intacta, y no hay quiebre en la apariencia. Si la música es tomada por el tiempo, el cuerpo es tomado por la música, que todo lo dispersa, y los seres que vibran se derraman en esa dispersión. Del pelícano, símbolo cristiano de sacrificio y resurrección, se decía que “amaba tanto a sus crías que las alimentaba con su sangre, se abría el pecho a picotazos”[4].

“Los sueños son naturaleza a la cual no es inherente ninguna tentativa de engaño, sino que expresa algo, lo mejor que puede –como una planta que crece, o un animal que busca alimento”[5]. El sueño es también un animal que tiembla, pelícano o cormorán, que se alimenta de sí mismo a través de sus crías, tan abundantes e incontables como estrellas, y para ello decide dividirse, abrir la carne, ofreciéndose como alimento de una progenie que lo devora, separado, desajustado de sí mismo, antes incluso de quebrarse el huevo, de rasgarse el papel.

 

<cuerpo sueño<

 

“Y el corazón violento y el corazón rojo y el rojo y uno rojo y las arterias infinitas y el disparo y el cazador y sus venas unidas a las del ciervo y las de su cornatura en la pared y las de mis huesos y las de los suyos (…) y tocas y retienes el cuerpo y su peso y vuelve a ser el cazador el recorrido la presa el venado las astas torcidas como las raíces de un árbol en mi pecho como la voz que se arranca de la tierra y hace vibrar los músculos para darle voz a la criatura que corre, corre, conmigo, corre, contra mí”.

 

El cazador es rojo, el zorro es rojo, y también el corazón y la sangre del ciervo, que bebemos en cuencos de madera, de asta convergente. “El ciervo es símbolo de velocidad pero también de temor”[6]. Este ciervo no se sabe símbolo, es algo tan concreto que puede ser tocado, que se alimentó y pasó frío, que tiembla ahora, todavía caliente, con una marca aún fresca en el lomo: una palabra de tres letras que dice que estuvo vivo y que alguien le dio muerte, y que alguien distinto le vio morir, y por eso está encerrado en un triángulo de convergencia que clava y clava sus esquinas y sus astas. Correr con él es correr su miedo, beber su sangre es montarse a horcajadas en su miedo, moverse con la tensión de una llegada imposible, con esa exacta, desplazada reverberación. “El ciervo es el heraldo de la luz que guía hacia la claridad diurna”[7]. Es de noche todavía, en la espesura, y hace tanto frío que el sueño se congela –detenida la música–, y la manta de pelo rojo se ciñe tanto –sus tres colmillos–, busca tanto en la raíz.

 

 

>sueño cuerpo>

 

“Pongamos por caso el sueño de los tiros simultáneos. Pongamos por caso que, yo, beatrice portinari, no vi caer el cuerpo si no fue en el sueño del sueño, en la cabeza de aquella que era yo pero que no lo era porque ya la había devorado, en el entradillo de la casa, porque pude imaginarlo cuando oí los tres golpes sordos de la bala contra el cuerpo”.

 

Bice Portinari estaba sucia y maltrecha cuando conoció a Dante. Él nunca lo supo, confundió el juego con la muerte, y la muerte con el sueño, y por eso no reconoció la caída, el cabello mal compuesto, el ligero cojear de sus visiones. Bice devorada, transfigurada en celestial Beatrice, “que tiene algo de alegoría de la sabiduría teológica y es figura del alma bienaventurada que Dante aspira a ser, (…) la sabia Beatriz que le conduce a través de las esferas celestes”[8]. Se ocupaba, sin embargo –en el mismo momento en que los ojos de Dante hacían impacto en su carne–, de disimular su propio agujero, aquel en el que había caído de pronto, sin darse cuenta, una trampa para ciervos que dividía Florencia de una a otra mitad. Tal vez los pies no le respondieron, o distraída se olvidó de colocarlos, de agarrarse a su través. O quizá la tierra temblara un poco, sólo para ella. Caer al suelo, con Madelaine, sin que la tierra sostenga. Un imprevisto breve, salida súbita del tablero, sintiendo con dolor el cuerpo y la lejanía del cuerpo, una ventana de balas junto al mar. Y tal vez ni siquiera vio a Dante, que la amó tanto y tan dormido, pero hubiera anhelado lo imposible, que él se adelantara y dijera, en ese mismo instante en que ella se rehace de lo que no la sujeta:

 

 “En la guerra de los espíritus seré capaz de ver tu superficie y tu profundidad. No las deseadas ni la geometría. Tu superficie”[9].

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Jean-Luc Nancy: Noli me tangere. Ensayo sobre el levantamiento del cuerpo (Trotta: Madrid, 2006),

[2] Íbid.

[3] Íbid.

[4] Juan Eduardo Cirlot: Diccionario de símbolos (Siruela: Madrid, 1997).

[5] Carl Gustav Jung: Recuerdos, sueños, pensamientos (Barcelona: Seix Barral, 2012).

[6] Jean Chevalier y Alain Gheerbrant: Diccionario de los símbolos (Barcelona: Herder, 2007).

[7] Íbid.

[8] Ángel Crespo: Dante y su obra (Barcelona: El acantilado, 1999).

[9] Ruth Llana: Tiembla (Sevilla: Point de lunettes, 2014).


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