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Campos de Color de Irma √Ālvarez-Laviada [Javier Vela]

lunes, 30 de noviembre de 2009


 Irma Álvarez-Laviada: Campos de color
Centro de Arte Tomás y Valiente.
C/. Leganés, 51. Fuenlabrada, Madrid.
Del 21 de mayo al 10 de junio

 

 

«Cuando los objetos del pensamiento se desvanecen, el sujeto pensante también se desvanece». Al afrontar estas piezas, las palabras del patriarca Sosan, uno de los primeros maestros del Budismo Zen, reverberan límpidamente en nuestros oídos. No en vano, su expectación continuada opera una progresiva disolución del observador en el contexto mismo de lo observado cercana a la abstracción mística o contemplativa. Somos lo que observamos: espacios, geometrías, columbarios; límites de un abismo constreñido, de un caos ordenado. Desde esta premisa, las creaciones de Álvarez-Laviada tratan de corregir los vicios de la conciencia realista, no necesariamente figurativa, por cuya chatura estética, sujeta a modelos de pensamiento preestablecido, nos vemos atávicamente obligados a fijar la atención en la nube, en lugar de en el cielo; en la forma, en lugar de en el fondo; en algo, en lugar de en nada. El espacio no está en ninguna parte, y he ahí la causa de su ubicuidad: íntimo claustro o ágora común, es el refugio en el que mora el ser.

En esta nueva muestra, Álvarez-Laviada aboga por una puesta en valor del intervalo frente al lugar y del fondo frente a la forma figurada. Debemos ser capaces, parece decirnos, de abstraer la figura del cuadro en que se inserta, restaurando la armonía existente entre el vacío significativo y la forma significante, y explorando la relación del espacio con los objetos y, por tanto, con nosotros mismos. Este espacio, que llamaremos íntimo o intrínseco para diferenciarlo del externo o extrínseco, trasciende el ámbito de las categorías utilitarias «interior» y «exterior», estériles a la hora de abordar una obra de vuelo metafísico (qué duda cabe de que tal es ésta). Como ya supo ver Bachelard, la geometría espacializa el pensamiento: «Gracias al espacio», escribe el filósofo francés en su célebre poética, «un gran número de nuestros recuerdos encuentra albergue. [...] Para el conocimiento de la intimidad, más urgente que la determinación temporal es la localización de nuestra intimidad en los espacios». A la luz de esta idea, cada pieza de «Campos de color» crea una atmósfera aislada del conjunto donde el estar-ahí, el ser, vacila y tiembla, y en la que espacio íntimo y externo truecan humanamente su vértigo.

 

De este modo, Álvarez-Laviada, que desde su estudio en el Colegio de España en París cultiva igualmente la fotografía y el vídeo en una personalísima interpretación del hecho artístico a partir del concepto de «pintura expandida», vuelve en esta serie a poner de manifiesto cómo la relación con el espacio condiciona nuestra vida tanto como nuestra visión del mundo. El progresivo desnudamiento retórico al que ha sometido a su trabajo con los años, siguiendo patrones neoplasticistas, no acaba sin embargo de negar completamente el referente: antes al contrario, existe en su obra, bien que sujeta a variaciones formales significativas, una presencia temática constante, toda vez que el asunto de estos cuadros es la pintura en sí, subjetivada estéticamente por la mirada de la artista. La abstracción no es en ningún caso un proceso que elimine la representación, como buenamente ha recordado Chantall Maillard en Contra el arte, aduciendo como ejemplo el discurso pictórico de Kazimir Malévich, cuya obra, de corte no figurativo, desprende sin embargo, y en contra de sus propias pretensiones, una clara voluntad de significación, al pretender representar el concepto de «principio supremo» a través de la forma artística. Formalmente, sin embargo, la obra de Álvarez-Laviada, que hibrida asimismo componentes pictóricos del expresionismo abstracto (como el empleo del dripping o goteo, que humaniza sus piezas y deja en ellas una impronta gestual de intensa pulsión lírica) y el informalismo (véase el uso de zips o cremalleras, que actúan a modo de «interferencias» sobre los campos de color, articulando el espacio), así como nociones transversales provenientes de la arquitectura (la visión esquemática del cuadro como «plano pictórico»), la escultura (el trazado poliédrico, por medio de sutiles diagonales que abren una tercera dimensión en la forma figurada), la literatura (el diálogo entre creación y pensamiento) y la música (la sistemática ordenación compositiva), se encuentra más cerca de las minimalistas variaciones tonales de Ad Reinhardt que del suprematismo geométrico de Malévich. Porque, si bien el color nunca ocupa enteramente la superficie del cuadro, no hay duda de que es, junto con su contrario, el fondo en blanco, que lo enmarca y limita, su actor protagonista, contra el que nada pueden por fortuna las rudas simetrías del geómetra.

 

En este equilibrio armónico entre el color y el no color, entre lo visible y lo invisible, entre el ser y la nada, radica la poética de Irma Álvarez-Laviada. En esta nueva serie, su discurso evoluciona hacia una abstracción mística que evoca en el espectador la experiencia de lo absoluto por medio de trazos fragmentarios y espacios en blanco en los que, a manera de silencios pictóricos, el vacío se pone de manifiesto. Este recurso a la discontinuidad y a la fragmentación de la forma espacial u objetual en cada una de sus partes es paralelo a la disolución del propio sujeto en la obra artística; refleja sin ambages la naturaleza disyuntiva y efímera del mundo sensible, e imprime a su trabajo un carácter plenamente posmoderno, abriendo, en el erial indiferenciado que es a día de hoy el joven panorama pictórico español, un oasis de lúcido pensamiento creativo en el que es necesario detenerse a beber.

 


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