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Lo que tengo es esto [Alfonso Fernández García]

martes, 19 de enero de 2010

 

LO LLAMO el aire
de la nueva vida. Y no sé
si me ayuda o me sitúa
ante un vacío, si es demasiado
transparente y me veo
a través de él, recibo en bruto
el esqueleto de mi historia.
 
(Tienda de fieltro, de Miguel Casado)

 

La cita del poeta portugués Al Berto ("ja nâo conseguimos ser os mesmos"...) que abre Un hombre por venir nos habla del imposible regreso a una identidad pérdida. No hay hueco para la nostalgia, una vía ya desechada explícitamente en el primer poema del libro, en el que se escenifica un ritual en torno al fuego, como escena arquetípica de renovación, de refundación de una escritura. La poética de Fernando Menéndez se muestra con este título en un periodo de cambio especialmente significativo si se conocen los itinerarios que  sigue su obra actual, ensayada a diario en ese entorno de fugaz y dúctil de lo virtual (hombre pop es la cabecera del blog de este autor en el que podemos leer nuevos textos con tonos y referencias renovadas). Al fin y al cabo, este libro que ahora ha logrado una digna y feliz publicación pertenece a un periodo creativo anterior al que ahora transita Fernando Menéndez (los plazos editoriales crean estas distorsiones). El testimonio de los conflictos de la experiencia de hoy son iluminadores de la memoria cambiante que define nuestra identidad. El tiempo traza un boceto, el hombre por venir: aquello que queda, la forma que deja la arena tras filtrarse. Hay una insistencia en que el renovado impulso vital y estético nace de un reconocimiento propio y de un deslinde de prioridades:

 

En el camino recorrido no hay ficción.

 

Su sequedad comienza antes del destierro.

 

Entonces, escribí.

 

Los pliegues de lo visible eran el contenido explícito de El habitante de las fotografías (KRK Ediciones, Oviedo, 2003), el anterior libro de Fernando Menéndez, desde una cierta desconfianza hacia cualquier representación frontal de la realidad. La imagen reproducida, la instantánea implícita, ofrecía una clave de cohesión al texto aunque la atención recaía sobre lo entrevisto con el rabillo del ojo, los bordes, las costuras, el fuera de campo. La cualidad escénica de las imágenes componía el marco para relatos esbozados, fragmentos narrativos o personajes en instantes decisivos. El texto poético creaba los márgenes de la imagen, lo que no esta presente en la fotografía pero la imaginación completaba, redefinía. Nombrar lo presentido, lo implícito, permite interpretar lo visible, lo presente, aquello que Eva Lootz explica en su libro Lo visible es un metal inestable:

 

Siempre me ha fascinado aquello que cae en el ángulo ciego de la visión, en el ángulo ciego de la representación. Aquello que los pintores -o los fotógrafos- transmiten sin haberlo advertido, aquello que han visto o reflejado o pintado sin prestarle atención[i].

En Un hombre por venir ya no es la visión el centro, sino un pensamiento menos gráfico, más en fuga y en movimiento. El concepto atrae la imagen, no al contrario. La reflexión imanta más presencias que narraciones. Como el propio lenguaje, los objetos, los detalles, muestran y ocultan, significan y tapan:

 

Afilo un lápiz. Un idioma dentro de un idioma que está

dentro de otro idioma.

 

Nadie vive sin buscar una pausa.

 

Un ramo de hortensias me oculta el tiempo.

 

Si todo significa (cualquier objeto acaba fetiche), entonces todo representa otra cosa ajena a su misma condición, todo sentido fluye y eso, en cierta forma,  es un alivio (alivio es una palabra nueva, materna.), pero no proporciona demasiado consuelo. En el devenir, en el fluir, el yo -la identidad- se aplaza. La apertura del signo, la conciencia, la flexibilidad de un pensamiento alerta brota como una forma de belleza, la belleza de lo que está por venir, lo inminente, lo deseado, vislumbrado, incompleto, la punzada en el estómago de lo casi resuelto. En una síncopa, un paso más allá, estará la plenitud (siempre hay algo no terminado). El poema se muestra como tentativa de atesorar algo de verdad, que desde su transparencia intensifique el fluir de la vida:

 

Fíjate en la transparencia y pregúntate qué.

 

Verás tus despojos maduros, empezará algo distinto.

 

A veces quisiera evitar lo trascendente.

 

Las fotografías, esas representaciones que fundaban formas de crear con la mirada, son espacios más difusos cuando cada figura o cada objeto se entienden como un ser desubicado o un síntoma indescifrable. Fuente de todas las distorsiones, la poesía permite imaginar el aire de una vivencia, tender la propia escritura como si la memoria pudiera vivir por sí misma. La poética  incita a redefinir conceptos: "barroco", el conjunto abigarrado de sensaciones que se comprimen en la experiencia alterando cualquier orden pretendido; "barroca" la escritura sobria que recorta las imágenes que podrían crear un sentido cerrado; "barroco" provocar el movimiento con las ausencias, los silencios: fábula de fuentes:

 

Barroco no ubicar cada elemento en su recipiente

apropiado. El sorbo de vinagre en la salsera de plata. La

foto del desnudo debajo del extractor. Al preparar una

ensalada coloca en el centro un nido de caviar. Con

apuro dice sucedáneo. Durante la comida se abren

paréntesis. Confidencia o necesidad. Deja pasar lo que

más falta le hace.

 

Es necesario tal vez tiznar, difuminar, esbozar, re-escribir con otra estrategia, la utilizada por el pintor que desestructura la mirada para reconstruir la visión: la imagen no está hecha, hay que pergeñarla, recomponerla con fragmentos: el poeta da un paso atrás para encontrar una panorámica, atiende a la geometría, coloca el lápiz ante los ojos para objetivar la visión, corta y pega, contrasta, perfila las figuras, las formas del mundo:

 

Ve todo estraza. Ve que un cuervo es isósceles; una

botella, ensenada; que un hogar, insomnio.

 

Busca otro campo de visión, el que pueda darle a la escritura un potencial de conocimiento otro. La manifestación de ese saber es lacónica, sin desarrollo ni imaginería que lo acompañe. Es un saber que no tiene finalidad, que no se articula en argumentos ni busca la autoridad ensimismada y trascendente del aforismo:

 

La nieve, dijo a los suyos, es una cosa muy rápida que parece lenta.

 

Al paso, entre tentativas de comprensión del entorno, de trasladarse a la situación del otro o de compartir la extrañeza, los textos de Un hombre por venir se acercan a lo cotidiano con menos ficción y más experiencia, si eso es posible. Con más sinceridad, creo, también con cierta prudencia al mencionar al otro y con menos veladuras al darle la voz al yo:

 

En las noches impuntuales de verano. Cuando las

mujeres hacen corro para consolarse o envidiarse.

Tu hermano llega con temores y una cama.

Vinagre de ligerezas, magma de equivocaciones y

deshoras que te hinchan el vientre. Me enseñas cortezas

de roble, hojas de acebo. Veo a los nietos en fotos, a la

compañera que doma el gesto.

 

Yo sólo he venido a guardar silencio.

 

En este libro de Fernando Menéndez, la parquedad, el decir sobrio de la escritura forman parte de una reflexión sobre lo que queda tras la búsqueda y la espera. El lenguaje se decanta, se adelgaza, y en el proceso late el don de la transparencia (Qué ribera marina en su mesa de trabajo) y la angustia del vacío (Siempre la negrura, su carga de temporalidad. / La lápida de su sonrisa.). La pausa en el decir, la intensificación de los enunciados breves, la duración y el logro de un ritmo lento y tenso son para mí una forma de hacer presente la experiencia del tiempo en un momento de crisis, de cambio. El tiempo del estupor y de la esperanza se me representa en el título, Un hombre por venir, y me acompaña a lo largo de toda la lectura, y como un disparo de color levanta el aire de la nueva vida:

 

Fui con los aerosoles al lugar de la explosión. Disparé al

aire un violeta. La gente me tomó por obsceno, por

esperanzado.

 

 


[i] Lootz, Eva: Lo visible es un metal inestable. Ardora, Madrid. 2007.


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