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así extravíe el callejero (selección) [Daniel Aguirre Oteiza]
lunes, 04 de enero de 2010
Mi vida en el Mississipi de verano a invierno
Si vamos a acabar confundiéndonos físicamente con el medio, ¿qué importa entonces este miedo a la velocidad vacacional?
"Tan variado es el material que ofrecen sus observaciones sobre el viaje que no es posible enumerarlas".
Quien les tocara la sirena seguro que no tenía nada mucho mejor que hacer.
O demasiado largas o demasiado cortas comenzaron a ser tus madrugadas.
"Flotaba la forma de la Gran Isabel, como un barco extraño en apuros".
Cuando te reincorporaste sacaste la comisura convencida del niño explorador.
Respiraron hospitalariamente los repobladores solo después de observar cómo borraba la corriente parte de la ribera.
Entonces me dijiste que el anciano pierde el sentido de la orientación sólo para ganar en anticipación.
Y él también cesará y se irá, aunque después de lo anunciado.
"Se repite. Modifica el tratamiento de forma paulatina en un proceso experimental de ensayo y error. Considera la producción un proceso de búsqueda".
Se anudaban y reanudaban las cabezadas del barco. Continuaba en cubierta la bitácora.
"La árida Babilonia en el desierto, hasta nosotros, hasta el lugar de ahora, como una sola".
"Nunca se cansa de anotar esos extraordinarios cambios que suceden en el curso del río".
Pero mientras se adormilaban en la calma del primer turno nocturno alcanzaron a ver el contorno de un horizonte sin explorar.
Y los bienes vacantes se venderán en pública subasta.
"Época que curiosamente llama historia histórica para diferenciarla de otra historia poco convencional, pero que él no define".
Y por bien que sepamos calcular cuánto dura la calma antes de la colisión, siempre nos sobrará algo de luz.
"El color justo de nuestra patria, desembarazado de la variedad engañosa y sin espesor conferida a las cosas por esa fiebre que nos consume desde que empieza a clarear".
Y otro día libre que no podremos desperdiciar.
Aunque en verano te escabullías de casa muy temprano y no volvías más que para reemprender el viaje de iniciación.
Principios del derecho a decidir (o cómo ser padre y no morir en el intento)
Para engañar a medias a los hijos, para legarles enemigos fáciles, no basta con fingir horror a rejuvenecer mientras distraes una mano para que sólo se huela lo que hace la otra. Así cualquiera se cree prestidigitador autorizado. Oler se huele siempre igual de puertas adentro y los juegos juegos son si haces equilibrios de manual sin mudar nunca de aires.
Cierto: durante el tedio de la dentición irredenta lo engorroso es aprender a ganar. Pero en casa siempre sale uno ganando. ¿Cómo no se nos van a hacer así los dedos huéspedes? Las primeras manualidades aumentan la confianza, aunque no necesariamente mutua, menos aún si pasas a mayores. Y por tus hijos tampoco parece que pasen los años: cada cual con su peculiar vocación exploratoria y todos señalando con el dedo. Son los principios del derecho a decidir: ya me dirás si a mí también se me ha perdido algo aquí.
Luego termina tocándole al resto: la lengua nos la prestan seca y antes de que abramos la boca se nos ha desafilado la muela del juicio. Si estás que muerdes, ¿cómo vas a dejar de chuparte el dedo sin que te vean los vecinos de siempre, sean exóticos o solo tóxicos. Y esto es apenas un malabarismo de andar por casa, porque de pronto jugar a papá está muy visto, ya las manualidades prometen siempre el mismo premio, y sabido es que hasta la sangre de otra sangre huele igual.
Buscas algún otro escamoteo, algún juego de gran salón, a una distancia prudentemente vacacional, y miras más allá del dedo hasta el patio de luces, donde con discreción escarba su autobiografía el vecino incivil. Algo habrá hecho. Porque incivil es todo hombre orquesta: se come en secreto los puños y todavía le sobran, como si no tuviera nada que perder. Ni un segundo has salido y ya ha vuelto a írsete la mano. ¿Y en el aire qué se masca? Los hijos han cambiado de nombre y no te queda más remedio que buscarte la vida para ganar tu nueva entrada gratis.
Esta podría ser tu fuente de la edad en exclusiva, tu próxima voluntad sin oído incorporado, el nuevo tejado de tu futura casa de todos. También podría ser el truco de la aprensión, inenarrable y, por tanto, común. En fin, antes de continuar chupando sangre, al menos deja en paz el manual, hazte al azar del callejero y procura orear aunque sea los trapos limpios. A falta de más pistas, algún ejemplo hay que dar.
Dominical
Cuando llegó la última hora nos anunciaron que iba a ser un día hábil. Y nos contó cada segundo como un preparativo
inesperado, incluido el anuncio. No era la primera vez que alguien se creía capaz de ingeniárselas para retrasarme la fecha
de caducidad. Que conste que el primero entre los primeros fuiste tú. Así de permisivas son las promesas de diálogo. Porque uno habla por sí solo, porque uno es solo
parte interesada. Nunca aprenderé a no hablar con tantos desconocidos: durante nuestro primer desayuno ya reclamasteis la confianza
antes que el voto. Que en este reino de los comunes, hasta tu proyecto puede ser rey. Y hasta nuestro vecino más precoz cedió entonces terreno a sus niños
más grandes. Ahora han llegado todos al acuerdo de que poder pueden arreglárselas solos. Pero de que no hay respiración
asistida como la casa de uno ya nos habíamos convencido cada uno de nosotros: nunca pedimos más que esta tácita escapada. Fue este mismo principio del fin
de semana. Un tiempo inmemorial para ti y para mí y para el otro, la cita ineludible para cualquier agenda, esta irresolución de compromiso antes de la salida. Y qué alegría
se nos supone. Que aquí, ante la inminencia de tanto aire libre, nadie regala nada más: y por eso nos fuimos tan aprisa, a apurar hasta la última curva
de la circunvalación. Luego no quedaban ni las sobras, pero al menos hicimos hambre. Y tal. Y total, viene a dar igual: una nueva invitación
a rebañar cuando uno se acostumbra -sólo algo tarde, como de costumbre- a creer que nunca se repite el sueño de los justos porque siempre ha insistido en quedarse
más de lo estipulado. Así pasaron los cómodos plazos de la ruta panorámica que nos habíamos prometido. Aún nos queda
en común el modelo. Será perecedero, pero todos llegamos a entenderlo. Tendrás que perdonarme, yo también: hasta el último detalle me he acabado dejando
sonsacar. Esto sí que es un compromiso. Pues bien, apúrate y no te prives: disfruta mientras dure. Luego búscame, que al final hasta me encontrarás.
DANIEL AGUIRRE OTEIZA (Pamplona, 1968) Es autor del libro Del fondo de la piel (2004). Ha estudiado y traducido obras de W. B. Yeats, Wallace Stevens, Samuel Beckett, John Ashbery, etc. En la actualidad, termina su doctorado en la universidad de Harvard.
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