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La lengua canta la verdad [Eduardo Moga]

lunes, 28 de diciembre de 2009

 


Benito del Pliego (Madrid, 1970) es un joven poeta que vive lejos -en Carolina del Norte- y publica poco. Además, lo poco que publica aparece en colecciones exiguas y distantes, de circulación embarazada. Su poesía, encima, no es inteligible -tal como entienden la inteligibilidad los funcionarios del verso-, ni narrativa, ni coloquial, sino desarticulada y desafiante. De todo ello se puede colegir sin dificultad que la presencia y el conocimiento públicos de su poesía en nuestro país han sido escasos, si no nulos. Y es una lástima, porque Del Pliego practica una poesía admirablemente inquisitiva y vibrante, que señala otra dirección, otra corriente, en el magma ecléctico que es hoy -y por suerte, tras el derrumbadero experiencial- la poesía española.

Merma, su nuevo poemario, cuyo embrión es una artesanal y secreta plaquette, Alcance de la mano, publicada en Nueva Orleans en 1998, ofrece un relato metalingüístico del mundo. Las cosas son sus signos, y los signos se transforman en cosas. Unos y otras se identifican, en un bullir caudaloso y quebrado, fluido y musical. La poética del libro establece un paralelismo entre el horizonte y la línea, entre el mundo y el verso. El ser transita por una realidad verbal, y lo dicho, lo escrito, son las huellas de su paso: «Huella a huella el ojo quiere ver, (...) leemos el silencio; una A se advierte en la cabeza de una vaca». Como querían los estructuralistas, el mundo es un texto, y nosotros caminamos por ese mundo como quien transita entre vocablos, eludiendo una palabra que es un muro, o abrazando otra que es el amor, o surcando los espacios entre caracteres, que encarnan las horas, los eslabones del tiempo: el signo liga lo andado.

Merma reproduce las contradicciones e imposibilidades del lenguaje, y también su minúsculo esplendor. Los poemas en prosa que constituyen el libro son, propiamente, fragmentos: teselas, arenisca, de una dicción superior, asediada por el silencio, por la incapacidad de decir, o por la imposibilidad de establecer un sentido. Del Pliego, que se sitúa en la tradición de la esencialidad y de la ruptura, bautiza su libro con un término que revela su condición de residuo o de pérdida, y traza con sus poemas una continuidad discontinua, en la que no faltan las preguntas, las anáforas, las repeticiones: todo cuanto cuestiona el lenguaje -y su capacidad para comunicar-, pero también subraya su materialidad: «Hallada la semejanza después de dos gotas, no las cuenta, dice: "gota", "gota", "gota", "gota"». La fractura sintáctica -«horizontes ser», escribe en una composición- reproduce la fractura de la percepción y del sentido, la íntima quebradura de la palabra, insatisfactoria pero inevitable. También las elipsis, las preguntas sin respuesta, las oquedades del discurso, delatan la omnipresencia agujereada del lenguaje. Pero, asimismo, abundan las aliteraciones y las polítptotos, las paronomasias y las rimas internas, como en estos versos plagados de geminaciones y metacismos: «se desdobla quien desea y quien no desea ser igualmente se desdobla: metáfora vívida: amo la multitud de la multitud que abomino»: recursos que insisten en el verbo, en lo sonoro, en lo sólido y polícromo de la enunciación: en todo cuanto acredita que hablamos, y que ese habla nos define y nos refuta.

Pero Merma no es mera logolalia. Su afán autorreferencial no es hermético, ni incurre en el solipsismo. Del Pliego se proyecta con franqueza en la realidad que lo envuelve, con una incesante apelación al ojo, a la penetración de la mirada, al hallazgo interminable que es la luz. Éste es uno de sus rasgos más singulares: la conmixtión de la pupila y la lengua, el maridaje del sonido y la claridad. Ese ojo giratorio describe, con perspicacia y energía, escenas de la naturaleza y también urbanas. Todas aluden a la realidad, pero se constituyen en otra realidad: «Náufrago, eremita, sol: la estela de la sangre perdida potencia el disco que nos revela», reza un poema. Su aprehensión de lo visto es móvil, sincopada, mosaica; o, mejor, su enunciación de lo visto es móvil, sincopada, mosaica: «Escarcha molida sobre una fuente tóxica. Halos de nada se apoderan de las plazas (...). Una cornamenta atraviesa la hojalata; una esquina con cabezas familiares (...). Lugares astillados por el ojo concitan la presencia de imposibles». Sí: lugares astillados por el ojo; lugares, es decir, palabras, que la mirada hace estallar en pedazos que la lengua vuelve a reunir o contraponer, mezclando sus colores, desdibujando o irguiendo sus formas, aleando sus ecos. En esos lugares astillados se instalan también, con ímpetu romántico, astillas de la conciencia, sensaciones, miedos, recuerdos, visiones. Lo material y lo inmaterial, como en Gamoneda, se hibridan, y brota, por ejemplo, un tendón, un tapiz de sueños. El sueño es uno de los motivos recurrentes del poemario, como el vacío o lo hueco, como la nada y la muralla, como las hormigas: tópicos que simbolizan la pugna entre la afirmación y la negación, entre lo presente y lo imaginado, entre la angustia de ser y la voluntad de ser. La igualmente frecuente alusión al tiempo confirma el sesgo existencial de Merma: su preocupación por lo que huye, y por lo que de nosotros muere en esa huida, a cada instante. La memoria actúa contra la oxidación de las tardes, y se proyecta en un futuro entrevisto en la indescifrable sucesión de las cosas, pero no puede retener lo líquido, lo roto, lo balbuceado. La disposición fragmentaria y aleatoria, que recuerda la serpenteante estructura de Rayuela, reproduce la fractura del mundo y del yo, pero también el sinsentido lingüístico: «Palabra tras palabra se borda el sinsentido», dice un poema; y otro: «No hay sentido: el tiempo corta el habla de tal modo que, sumados, restan solo los fragmentos»; «nada significa», concluye un tercero. Marcos Canteli, prologuista del volumen, ha recordado con acierto el triste y luminoso aforismo de John Cage: «La poesía consiste en no tener nada que decir, y decirlo». Sin embargo, sí hay sentido, sí hay significado: «Su lenguaje puebla el lenguaje: sus palabras transfiguran y encadenan la lengua a la red del sentido». En un incansable juego de espejos y paradojas, Del Pliego formula asertos que se desmienten, pero que encuentran en ese desmentido una frágil pervivencia, un breve aleteo de certidumbre. Continuidad y dispersión se imbrican, mejor, se enzarzan, agónicamente, creando un ritmo acerado y múltiple, que segrega un discurso plausible, siempre al borde mismo de la mudez; un discurso que, en el último tranco del libro, se adelgaza, se esencializa aún más, vibra como una cuerda estirada hasta alcanzar su máxima tensión. La lengua, en último término, canta la verdad.

 

 

EDUARDO MOGA (Barcelona, 1962) ha publicado los poemarios Ángel mortal (1994), La luz oída (Premio Adonáis, 1996), El barro en la mirada (1998), Unánime fuego (1999), El corazón, la nada (1999), La montaña hendida (2001), Las horas y los labios (2003) y Soliloquio para dos (2006). Ha traducido a Arthur Rimbaud, Ramon Llull, Frank O’Hara y Charles Bukowski, entre otros.


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