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José-Miguel Ullán: "Eso de leer poemas" [Eloísa Otero]

lunes, 30 de noviembre de 2009

 

Entrevista previa a la lectura de José-Miguel Ullán en el CCAN de León, en 2001, dentro del ciclo 'Pequeñas cosas para el agua' que organizó Víctor M. Díez. Esta fue la respuesta, por correo electrónico, a un cuestionario de preguntas de Eloísa Otero.

 

 

 

 

 

Querida Eloísa:
"Eso de leer poemas" es lo que es. Tómatelo como incontinencia prologal a fin de darle yo salida de tono al instante, pues fiel reflejo es de la neura que ya me precede. Puedes utilizarlo a tu entero antojo. Como discurso de lo irremediable o desahogo involuntariamente cómico. O, mejor, como obsesión locoide y que, bien fragmentada, sería turbio Guadiana entre los párrafos de ayuda que tú escribas. O puedes verlo, claro, como tragedia prescindible de cabo a rabo. O inventarte otra cosa. Pero me quedo ahí. Nos vemos mañana. Gracias. Y abrazos.

José-Miguel

 

 

(ESO DE LEER POEMAS)


Suelo resistirme. No porque tenga nada en contra de las lecturas públicas de poesía; de hecho, a mí muchos poetas me han aportado datos de interés, para bien o para mal, a la hora de decirse en voz alta, al conocer el comportamiento de su voz ante lo escrito, al percibir el ritmo y la tonalidad con que recorren sus palabras para ofrecerlas o para deshacerse de ellas de la mejor manera posible.

Pero, si uno llega a la conclusión de que lo pasa mal, se distrae, se confunde y hasta se asfixia, tiene que plantearse con neutralidad que algo raro, amén del tabaco, se interpone entre su escritura, con su parte de bisbiseo mental o compás de corazonada, y la dicción rotunda, exterior, desprovista de blancos no sujetos a astucia, de emplazamientos estratégicos, nada teatrales y de imágenes que, al fin y al cabo, resultan palpables: caligrafía, objeto, intimidad, libre recorrido.

En el fondo, todos los esfuerzos previos de despersonalización se hacen añicos, tienes que reconstruir el conjunto como si se tratara de una cosa propia, que lo será, pero que no tendría que serlo hasta el punto de proclamarlo.

Sin embargo, sería petulancia absurda, raridad instrumental o contraimagen de buen tono no volverlo a intentar de vez en cuando, no exponerse a lo mismo, sobre todo cuando un lugar propicio y unos amigos cabales, en la poesía y en la cordialidad de otros secretos, tienen la deferencia de reclamarte por las buenas, con todas las consecuencias.

Todo esto queda muy siglo XIX, bajo el dilema de costumbre: salir o no salirse de lo suyo, y permite sospechas varias, como coquetería, misantropía o ganas de enredar. Pues, al término, ejecutada la lectura, enseguida se cae en la cuenta de que esa cosa tan atormentada, entre el sonrojo y la estoica patafísica, la verdad es que tiene un componente considerable de vulgar neurosis risible, que así son todas cuando no te tocan por dentro.

Y bueno, sí, luego está eso que tú dices, el sambenito de lo hermético, que es cilicio que ronda a deshora, aunque mal podría hacer la menor mella en mí. Porque, a la postre, y aunque yo tenga alguna opinión sobre la claridad de las sombras, pienso que buena acción sería recitar un canto incomprensible. Por puro placer, sin prurito de modernidad cíclica, y también en detrimento expreso de lo que tanto abunda. Una mediocridad siempre tan comprensible, aferrada al tenaz despropósito antipoético de raíz, de acceder al entendimiento de los más(,) gracias a frecuentar un único sentido: el sentido común.

Pero todo eso da igual. Y es normal que le dé también igual al que ha ido a oír leer, que va a encontrarse con alguien que le lee lo que ya está ni claro ni oscuro, pero sí minado de dudas, y que tal vez parezca poco propicio, en efecto, a enmascararse con un tipo de canto para el que no nació, pues tiende a repetirse desde hace mucho la pregunta de César Vallejo: "¿No subimos acaso para abajo?" Y en ese hondón la resonancia es otra, otra la luz y otro el tiempo. Allí decirse es excavar, amasarlo, conformarlo con ser así. Entonar cada cosa con el color de sus deseos. Y, a todo esto, hasta lo más liviano se complica. Y ya no sabes si barajas lo complicado real del caso o lo absurdamente complicado de un no saber obrar cuando te acuerdas, por ejemplo, de los poetas amigos que van a estar acompañándote.

Junto a ellos, que a todo esto le dan vueltas, que de sobra saben que lo nuestro es minucia, "pequeñas cosas para el agua", pues sí, te da otro no sé qué por añadidura. Y hasta pueden estos reconstruir un cuadro de Tàpies cuando leo determinado poema, cuando yo desearía (incluso para mí mismo) que ya sólo lo escrito se dejara decir como un decir ocasionado allí, pero ya sin presencia de lo otro, del primer estímulo.

Y alguna vez he puesto una canción, como creo que haré en León, para ilustrar de plano una cita. Y total, que a ti te interesaba, periodísticamente hablando, saber qué tal las relaciones actuales entre cultura, esa sección, y periodismo, ese universo. Y no me escabullo, que digo que andan bastante mal por lo general, que todo vuela bajo y que, por vez primera, sin la menor mala conciencia por parte de los responsables. Muchos escritores y periodistas se han puesto de acuerdo: "¡Ya está bien!" O: "Lo que vende, vende". O: "Se acabó de fingir". O, en fin, la sentencia más pronunciada: "A mí no me la vuelven a dar con queso...". Pero no te creas que eso me quita el sueño, pues más bien parece pura coherencia con lo ahora predominante en todos los otros campos del convivir. Ya sabes: la difícil sencillez, el pan-pan y el vino-vino, la sana obviedad, el relato de lo menudo.

Pero en ese contexto ha de leer uno. Y eso sí intranquiliza. Porque el que acude casi por azar a una lectura pública tiene todo el derecho del mundo a centrarse en eso, a esperar amenidad, soltura, aclaraciones complementarias y, además y mientras tanto, algo que tenga que ver con lo que suele entenderse por poesía, por declamación, por pundonor.

Y, con todo esto, ¿qué hacer? No te imaginas a Goethe o Víctor Hugo en este trance. Y te ríes, de acuerdo, pero sólo después. Hasta entonces, yo sé que tú quisieras que abordáramos algún aspecto de mi poesía o que habláramos de México, y sin duda sería más animado el compendio, ir del camaleón a 'Muerte sin fin', pero, ya ves, vuelvo y vuelvo a lo que a nadie, de hecho, le importa: salvo a mí, impropio de mi edad. Y que no tiene nada que ver con la poesía, sino con la forma de mostrar el enigma, las líneas espirales del deseo. Cuando llega el momento de ponerle voz a lo apalabrado y se te cruza todo esto de lo que te he estado hablando sin ton ni son, pero sin ahorrarte la sensación paralela de no acordarte en realidad de nada, ni tan siquiera de esos signos que tienes ante tus ojos y que te aguardan a una prudente distancia. Y entonces, poema tras poema, lees sin más, como buenamente puedes: que suele ser un decir a ciegas.

 

 


1 comentarios | deja el tuyo!

#1
¬°Maravillosa entrevista! Parece un poema suyo, con todas esas dudas y vericuetos. Por cierto, que me gusta mucho el nuevo formato. Ana M.

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