Hormigas blancas (Notas rescatadas, 2000-2001)


Cuánto te asedia y te persigue: cuánto te define.


¿A cuántos has dicho que sí en tu vida? ¿Y cuántos lo merecían?
¿Y a cuántos que esperaban un «no» has defraudado?


Hay gente que parece vivir con la sola intención de crear pasado.


En aquel mundo son los santos quienes le adoran a uno, y se vive tan sólo para estar a la altura de su adoración.


Habla por señas. Toma las cosas con los dientes.


En ese maletín guarda todas sus miserias. Cada mañana lo pasea por la calle, haciéndose el importante.


Hay quien utiliza su odio como una deferencia.


Gente que sólo se reconoce mutuamente en los sueños de los demás.


Con algunos es preciso crear distancias, pues no importa tanto su trato en la intimidad como el trayecto que ha de completarse para llegar a ellos.
    También en la amistad hay ocasiones en que lo importante es el transcurso, el proceso.


Las respuestas aplazadas, ensanchando el tiempo.


La orfandad de quien termina un libro. Se inventó unos padres y ahora lo echan de casa, la misma que armó cuidadosamente con lo que no tenía.


Un hilo de sangre sobre la piel cortada. ¿Qué peces desovan en sus fuentes?


La muerte era pequeña, entraba en cualquier poro. El alfiler buscaba el brote, la raíz. Su negra luz inundaba los sótanos del cuerpo.


El ojo descubre su redondez en la mirilla de la puerta.


Nada más espectral y evanescente que las palabras: aliento modelado, sombra de las cosas, signo traslúcido. Y qué esfuerzo, sin embargo, para ligarlas, para que encajen sin fisuras, para que se ofrezcan sin dureza a los labios y los dedos.


La lengua como un nudo gordiano. Toda la vida queriendo destrabarla y luego llega la muerte, esa espada.


El ensayo, el aforismo o la reflexión moral son géneros breves no sólo por las ventajas de la brevedad o la mayor agudeza (cierta agilidad imprevisible) del pensamiento fragmentario y asistemático. La pretensión tácita de lectores y críticos es que su autor respalde sin ambages todo lo dicho, lo apuntado, lo sugerido: no con argumentos más o menos trabados sino con su ejemplo. Se trata de una condición que parece asegurar, para muchos, la veracidad de lo escrito. Pero es también una petición de responsabilidad que abruma al escritor y le sugiere la conveniencia de callar más largamente de lo que quisiera. Podríamos llamar a esta petición de ser carne con la carne del libro el «imperativo ejemplar». La novela es, sin embargo, el dominio de lo extenso, de lo expandido. Como el bufón antiguo, el novelista tiene venia para decir cuanto quiera y no está en la obligación de rendir cuentas: es un irresponsable en el mejor sentido de la palabra, pues busca que sean sus personajes los interpelados. Lo mismo, durante un tiempo, le pasó al poeta, cuyos personajes son sus palabras. El novelista está lejos y distante de sus creaciones y pretende que se defiendan solas. Y cuanto más amplias sean, más capaces de devorar a sus lectores, mejor podrán defenderse. Aunque un síntoma de modernidad es la facilidad con que el «imperativo ejemplar» se ha contagiado, también, a poetas y novelistas, a un Milosz o un Camus.


Por encima de Dios, una prohibición: no puede pisar la Tierra.
La ineficacia de sus sirvientes y enviados. Todo empieza a estar más claro.


El más peligroso canto de sirenas se esconde hoy, para un escritor, en las páginas de los periódicos y su exigencia programática de «actualidad»: el realismo reducido al tiempo presente y a la pura sucesión de unos hechos contrastados. Frente a esta amenaza, el único mástil al que podemos atarnos es nosotros mismos: nuestra soledad, nuestro orgullo, nuestra invisibilidad. No el policía ni el periodista ni el juez de instrucción: el que pasa por ahí sin ser notado y capta de un vistazo el sentido de la escena; el que sale de casa y vuelve a ella sin anclajes en ningún lugar; el furtivo, en suma. El tiempo tiene hambre de nosotros, quiere consumirnos y vaciarnos de todo cuanto podamos tener de valioso: envidia nuestros cuerpos, la materia donde tiene asiento el recuerdo y que nos permite ir y venir por las calles de los años con secreta libertad. Por tal razón hay que vivir con disimulo, perdido entre la multitud pero a un palmo de ella, para que el tiempo no nos advierta, para que pase de largo y sin embargo se deje ver ante nosotros, sus testigos, sus observadores, sus escribas. Aunque nadie nos haya confirmado en nuestro puesto, y precisamente porque nadie lo ha hecho.


Lo que llegó antes está pegado al imán del corazón y no lo suelta. Lo que va llegando después ya tiene que lidiar con intermediarios y siente el tirón de lo que se le acumula encima, hasta el punto de que la estructura, o un fragmento de la misma, amenaza con venirse abajo en cualquier instante.
Lo que ahora busca nuestra estima tiene que abrirse paso sin piedad entre acumulaciones de materia inerte, ir directamente al hueso, la médula. ¿Conocerá el camino? En cualquier caso, que no cuente con nuestra ayuda, porque no podremos dársela. Somos víctimas indolentes y venenosas de nuestras posesiones.


La poesía, entre otras cosas, es dialogar con la palabra en libertad. Pero nunca como en un poema se percibe que las cosas se parecen a sus nombres. De ahí pudiera deducirse, tal vez, que en libertad las palabras tienden a caminar hacia aquello que nombran.


Lo que molesta del sonetista: esa soberbia de gran maestro que busca el jaque mate en catorce jugadas. Apetece que el poema se rinda antes de tiempo tirando su rey, a fin de arruinar ese grand finale que hace relamerse al autor y lo condena a ser prisionero de su talento.


Necesidad, al modo oriental, de hallar consuelo en los detalles más nimios. Acaso sean ellos los únicos que permanecen incontaminados a lo largo del tiempo.


Aferrarse a lo inútil le consuela.
    Pero también: la utilidad es adictiva.


Todo está a su alcance, y se ahoga.


Ha dispuesto algunos cuartos vacíos en su casa; son los lugares donde su espíritu se ejercita para la muerte.


Se encierra en la frase más breve posible, e incluso así le queda espacio para tomar aliento y decir otra.


Su hijo es quien más se le parece, pero no sabe nada de él. Su hijo es quien más se le parece, pero no sabría reconocerlo.


El inmenso cansancio de la creación.
    El estupor de Dios al despertarse de su largo sueño y leer todo cuanto le atribuyen desde que el mundo es mundo.


Ningún instante está vacío, pues incluso en ese vacío la conciencia sabe instalarse e infligir sus latigazos.


Por más fuera de ti que salgas, nunca podrás verte por entero.


Tendemos a maravillarnos del creador pese a que en ocasiones nos horrorice lo creado. Es el poder para crear una ilusión semejante lo que une a Dios y a los déspotas.


La búsqueda religiosa no difiere, en el fondo, de una vieja novela de detectives. Se trata, en ambos casos, de descubrir al asesino, rastreando e interpretando cuantas claves nos salen al paso. Aunque ahora con un agravante: buscamos saber quién nos mata después de darnos la vida.


El que abandona su vida nómada y deja de viajar con bultos, cajas, maletas. En su nueva y tal vez definitiva casa ha levantado estanterías y todos sus libros se muestran ante él, ordenados y accesibles. Y entonces las palabras ignoran su llamado, ninguna quiere dejar su nicho.


Creíste haber vivido aquel sueño. Pero, cuando desaparece, duele más que si hubiera formado parte de tu propia vida.


Querer es poder, el lema de los pragmáticos. Y qué pobreza sus querencias.


Jordi Doce
sobre el autor
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