2 poemas



Torna el caos noche tras noche —refiere al comenzar
su discurso, su cauteloso fuego ante el bóreas
que cubre de nieve o de ceniza los nenúfares.
Y bien. Fue en la ciudad donde llamaron abundancia
a lo precario. En la urbe confundieron las torres
con silos en los que ángeles abrigarían maná,
oxigenados tintos del paralelo 38.
La turbulencia presume del día el triunfo de la usura,
los plásticos de esteroides en los albañales,
las manchas de aceite que acuna el sol en las piletas de vigilias públicas.
(A prisa el curso del agua convoca esa secuencia:
“Circula, circula”, para el impacto del ojo ante lo mismo.)

Acontece la oscuridad en los cardúmenes del habla,
por eso el manotazo resuena en la madera
y frente al rostro, aunque no roce la mirada,
erige una cumbre, una antorcha, una fisura.
Muestra la mano del prestidigitador un número
y, acto seguido, el contorsionista acude a la ruleta:
“Ninguna amapola surgirá de este pensil.
Dios es el instante que cobra presencia al entrecerrar los ojos.
El cuchillo en el lomo del cordero
y el dedo admonitorio de Caín
son obra suya,
la rienda irreparable de su próstata.”

Lo sabe quien porta el antifaz de terciopelo
y talla con inigualable pericia el rictus
que revela un elefante al emerger del Támesis o del sombrero.



 

 

 

Las herméticas llamas del cocuyo blanquean enormes pastizales.
Si fuera invierno, serían la brújula de los recién casados;
“Señor Granizo”, saludaría el mago al despojarse del sombrero.
Almas ungidas por el arrepentimiento: las beatas en incesantes cuchicheos.
Pero cocuyos son en el momentáneo alucine de Copérnico.
Helos allí en las pulsaciones del interrogatorio propio del sistema Morse;
danzan al abrigo de las hienas que circundan los rebaños.

Irrumpe la mosca en el tintineo esdrújulo de cuanto lucía el cuello de Darío
y en cuanto la diestra auscultaba con menos trompetas que Gabriel.
Ingresa al recinto predilecto del paisaje
afín al tesoro persa y afín a la vehemencia de las profecías.
La mosca es el único testigo del fervor,
la mosca que pacta la zozobra:
el libro de arena lo consigna en una página de gránulos al infinito.
La más difusa música, en el sueño, concilia zumbidos y graves de laúd.

Comparten la insigne oscuridad el murciélago
y los seráficos propóleos que lustran la garganta de María
(Addío, del passato bei sogni ridente,
le rose del volto già sono pallenti…
),
los nombres femeninos de la Ilíada
y las bayas fosforescentes que sueñan los corderos.

Ahora sólo pido más luz para las daciones de las jornadas venideras.
Más delirios ofrendo para enlazar los hallazgos de la trashumancia
con el bocado que dosificó la noble destreza del cuchillo.
Más sigilosas espero las visitas que consagran las falanges
al revestir los huesos de brocados.










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Julio Eutiquio Sarabia
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