Leyendo UN FRAGOR INDETERMINADO, de Luis Muñiz

 


  Leo después de varias tentativas: cada una me va aproximando a lo que termino creyendo leer.
  No hay más claves que la extraña explicitud del discurso; pero hay una tensión de arrastre (fragor que suena a lo lejos, que está aquí mismo, se aleja, vuelve). Entonces, el lector actual –el que ahora se ha puesto a escribir y va leyendo de reojo- siente que ya, por fin, ha entrado en el lugar, percibe los contornos (ya estaban en las primeras líneas), delimita, cartografía.
  Y vienen las conclusiones –sólo para este mismo momento de lectura aplazada (otra vez) por la escritura de las notas.

  Casi todo lo leído se ha visto arrastrado por un ritmo. Las líneas están respiradas, y es un ritmo acentual: habla la voz como si nunca fuera a callar, como si el discurso fuera el habla ininterrumpida de un pensamiento que se ejerce en el momento mismo de la expresión. Los paisajes son mentales, la ética de la voz es una autodelación (“un soviet solitario”, como se lee en la contraportada del libro). La voz es de la familia de los justicieros, los que no tienen tratos con la autocomplacencia, los que trabajan con la culpa (Sebald, Bernhard, Beckett; no me refiero a las influencias. De buscar algunas en nuestro entorno, me vendrían ciertos tonos de Miguel Casado; y más atrás, Cernuda, el inflexible, el que no se permite que nada de lo esencial quede fuera. Las continuas preguntas, el modo de la indagación, la requisitoria al tú desdoblado).
  La voz da plasticidad a un pensamiento radical. Son círculos en el agua al que se lanzó un guijarro. Sustancias y materias (suero, magro, salazón) que tienen, a veces, la plasticidad extrañadora de aquellos fieltros y sebos que nos mostró Joseph Beuys.
  El pensamiento se apoya en sus acentos, vuelve en ondas, marca finales (para seguir respirando) con rimas despiadadas.
  Un discurso que se expande en subordinaciones (así es el monólogo ordenado, la requisitoria que una justicia extrañada le hace a la conciencia).
Cuando el poema DÍA DE PLAYA (uno de los más nucleares) se cierra con las  dos figuras familiares (Son ellas, las dos que ya vienen de regreso) ya nada es familiar, todo ha sido sobreexpuesto bajo la luz de la indagación. Las que regresan (nada más natural que esa atribución) ya nunca más pueden ser las mismas que partieron; son ahora figuras del pensamiento, han adquirido la categoría de lo fantasmático. Ahí está un nudo –decisivo- de esta escritura: la determinación de circunstancias, concreciones, privacidades, forma un contorno sólido, la corteza que recubre un fantasma, llámese alteridad, llámese alienación.   
  La escena, la foto fija que se trasparenta a través de la escritura, es la de un juicio en el que no se pronunciará sentencia (la CARTA AL PADRE, de Kafka, se ha trasmutado aquí en una maternal CARTA AL HIJO)
  Las figuras del pensamiento no son apólogos, aunque a veces lo parezcan (INFORME A LA FEDERACIÓN). Son el espacio necesario para que sucedan las feraces condiciones de soledad.
  En el centro del libro, un poema excepcional, TENTATIVA DE APROXIMACIÓN AL NÚCLEO. En muy difícil lograr el poema largo. Éste ha sido logrado. Merecería un largo comentario: la fusión de planos, la perspectiva de la voz, la apertura de un territorio mítico en la geografía reconocible, su tonalidad –melancolía puede ser uno de los nombres que le convengan a ese modo tonal-. En la addenda a esta lectura, añado un par de imágenes sugeridas por las muchas que me trajo el poema.
  El capítulo IV abre ventanas en el libro. El primer poema nos acerca a ese río, a esa agua corriente, donde se levantan las ondas de lo pensado –lo escrito, lo que discurre (discurso).
  La alteridad, la extrañeza: el poema segundo se abre con una sentencia que parece agramatical, “Nadie tiene negro”, y que lleva al lector a buscar claves. Lee otra vez y entiende la coloquialidad. Eso es lo que me gusta en este modo de escribir: la declinación de la normalidad –no son juegos de palabras, no es sólo ingenio-, el ángulo de desviación.
  El último capítulo, PUES NO DE OTRA COSA REBOSA LA VIDA, es una pieza única que marca otra manera de escribir la intimidad del pensamiento a solas (no he parado de referirme a eso que vengo llamando “el pensamiento”. Quiero decir, siempre, pensamiento sensible: persuade porque conmueve, envuelve al lector en un aura de sentimientos compartidos: compasión). Es el verdadero corolario (en el sentido de los lógicos, de los spinozzianos) de todo lo leído hasta ahora. Su tono de radicalidad, de ser algo extremado, al borde de algo –y, sin embargo, como aligerado por la respiración, como si pensar significara justamente eso, escribir así -, da la medida del libro. Medida, en el sentido de que es a partir de su densidad y extensión  como podría organizarse la proporcionalidad de lo otro, de las otras extensiones. Trata de lo esencial. Qué sea lo esencial, es algo que tanto el autor como el lector sólo pueden imaginar, pues en poesía todo, hasta lo esencial, tiene más de una cara.

(En la intimidad de esta lectura, recordé al personaje que habita un libro mío. Escondido y visible pretendía ser la indagación de tal personaje en su aislamiento, en su pensar (pensamiento como continua sospecha y obsesión), en sus relaciones con las cosas, en su coseidad final (las imágenes que  se le presentan al Escaso –así le llamé, de un modo un tanto desmesurado, germanizante-, venidas del sueño y la memoria, acaban siendo caparazones que recubren fantasmas).

Tras el fragor, y con las conclusiones, vuelven las preguntas.



ADDENDA

Energía, calor y símbolo

Nos lo contó mi padre, cuando le informábamos de nuestro próximo viaje a Sama. En los andenes de Clasificación, hace muchos años, un compañero ferroviario, asturiano, les demostraba la excelencia del carbón de Langreo. Cogía un trozo y con sólo aplicar  la llama de su mechero, se encendía, ardía, daba luz. La grasa nutritiva en las entrañas del valle.


El romance del carbón

“Yo te conjuro carbón genio tutelar del sueño y de mi soledad
…. carbón sonoro carbón amo del sueño carbón…”
 
           Robert Desnos, Identidad de las imágenes

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Ildefonso Rodríguez
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