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Puentes sin pontífice [Luis Darío]

domingo, 12 de febrero de 2012

    Mario Martín Gijón. Latidos y desplantes.
Madrid, Ediciones Vitruvio, 2011.

 

Hay en este primer libro de Mario Martín Gijón dos poemarios en una obra que se funda, vertebrándola, en la dinámica espiritual que hace patente la cualidad bifásica del deseo sobre el mito de ser humano ante la condición psicótica del animal racional: un desde dónde y hacia dónde que la misma obra -un puente: un hogar de paso- representa en el camino de la vida del hombre: Como si uno hubiese abierto la puerta de casa para tomar el aire, y observara el horizonte atentamente, y ensoñase el amor y lo cantase, y acabara al fin olfateando la fauna y la flora de su anímico jardín semántico con el balbuceo de los niños que aún gatean y los espejos llegando a dar así en las fibras de la vibración donde los dioses nos consumen: el miedo. Un miedo que se plantea actual y que se sabe inconscientemente articulado cuando dice: «remedas un remedio para el miedo/este médano casi mudo/que entrevés como si donado fuera/bajo el agua templada de tus días»; pero también un miedo de siempre, si resuena en el órgano primigenio de las tonalidades del pensamiento, cuando canta: «el miedo es el medio / de que me digas / es el miedo / de que me digas / el medio / el miedo // el corazón». 

Se abre la puerta de la casa. Es decir, emerge la experiencia poética del sujeto lírico a los Latidos, breve, exacta, contemplativa: «como una sábana sin fin / blanca y fresca / así el tiempo contigo», nos cuenta; dejando en claro, más adelante, que: «este falso hechizo de palabras / no pretende / preservar tu recuerdo // para qué / si grabada a fuego está/bajo mi piel la superficie de la tuya»; para, en un último pulso, celebrar el encuentro deseado: «encendido descendí / apartando las cenizas / pendiente de tu sed // definíamos los confines / de la noche  y el deseo / en la víspera del gozo // dibujamos una puerta / y escondidos / nos dimos a lo abierto». Entre este eje de poemas eróticos han quedado otras bellas elegías y varias semblanzas  sentimentales, unas veces sobre la tierra natal en el excelente poema atardecer vegetal, otras frente a la tumba de Stendhal y otros viajes, sin que el sujeto deje de crear espacio con las reflexiones sobre su existencia de hombre en un tiempo desnaturalizado: «el poso de una tarde sin trabajo / la reata de propósitos sin fruto / el escombro de los días con agenda // qué útil todo // si fuera eterno», o: «he aquí a quien quiso / y deseó soñó y tuvo esperanzas / hasta que entró una noche en la herida del absurdo // y al salir increíblemente ileso / ya no pudo querer desear soñar esperar nada / pues encerrado quedó en una herida aún más honda»; y también: «...debiera ser posible / perdurar enroscado y a la vez / observar cómo todo transcurre / se transforma o no pero perdurar // pertenecer a una imposible especie / de fósiles vivos / de espectadores / eternos / de la tragedia / de estar vivos», para sentir, más tarde, que: «buscaba un claro en aquel bosque / la revelación de no sé qué enigma // pero sólo encontré fatiga / rodeado por la gracia de los mirlos / y tristeza por ser el hombre / ese animal cansado // por no seguir corriendo como un jaguar / eterno como esta tierra húmeda». 

Así, el sujeto lírico que abrió su puerta a los Latidos, siempre a través de un tono equilibrado y desprovisto de recursos accesorios, cambia de fase y da un paso hacia la densidad de una música mental verbalizada que, a modo de Desplantes, nos ofrece, entre un abanico de posibilidades formales y de significado, las impresiones surgidas de la cruz experiencial de la moneda mundana, con un afán lúdico por el lenguaje como toma de conciencia del mismo, donde el sujeto asume la pluralidad de sentido en  poemas tales como (entre otros) prólogo biográfico y necesario o constitución personal: unas veces desocultando palabras en la palabra: palabra que se corta, se separa, tal vez en un ejercicio instintivo por develar o trascender lo psicopatológico en lo nombrado; y otras veces logrando no silenciar el sentimiento invocador a Hermes con el esparadrapo del hermetismo, para decir: «rememorar no siempre es / rememorir / latente dilatar de los sentidos / en un cuerpo-avatar hecho pasado / no olvidas las vidas que viviste / y las que no viviste», o: «destazaste mis certezas / carnicero de mi fe / sin carne sólo cero / ¿certidumbre de ahora? / no ahorra la sombra cierta / del umbral la hora / (urdimbre dorada) / con templar a veces basta». Pero también hay sitio en estos Desplantes para otras aliteraciones neobarrocas entremezcladas con libérrimos giros vanguardistas: «su idiocia suicida / su caída / diaria en desgracia / su lamento que le miente / su torva terquedad / (no exenta de ternura) / enhebrada de quejidos / (anzuelos de compasión) // ante ti he de levantarme / deshaciendo la ruina de una vida / que se construyó para ser tuya», o: «y van guardias / contra dicción / clásica o clasista / y se hacen fuertes / y la tra(d)ición fundan», y por fin: «un heroico desplante / es lo que necesita / esa vida arraigada / en el mero pasatiempo».



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