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Traveling [Víctor M. Díez]

miércoles, 30 de junio de 2010

 

La mente en los huesos.

Los primeros apagones. Dietas

ricas en calcio.

 

Siguen pareciéndose a casas

a punto de derrumbarse, las cosas.

Pero no ya sus nombres.

Al menos ya no es la emergencia

su idioma.

 

A las manos nerviosas viene esa leña

sin prisa. Lo que arde

a lo que tiembla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se esconden y aparecen, se mueven

así:

EnlafraseHORIZONTALenelverso

 

Como la luz de una linterna infantil

en lo oscuro

         Sea pa ga ysen cien de

para enviar mensajes

a los que acechan en los portales.

 

Rastros, un círculo de grasa

en la banquisa.

No digas lo que dice.

Pisadas antiguas o huellas recientes.

No levantes esa piedra.

 

 

 

Son arbustos, cajas, bultos

en medio de la calle.

Parapetos listos para disparar.

 

Un concurrido muelle

las conversaciones, persianas

que suben y bajan

(como pestañas de calle).

 

 

 

 

La radio encendida toda la noche

como una puerta golpeándose.

Oyes a ráfagas.

Algo de una borrasca.

¿Que entraría en los armarios?

No puede ser.

 

 

 

 

 

 

Una promesa sin motor: escribir sólo

sobre eso, hasta aquello

que  pueda alcanzar a pie

o pedal.

(Escribir b-i-c-i, decir hue-lla

hacer eses).

 

 

Cuando hablamos solos nos tocamos, digo yo.

Decimos yo y todo desaparece.

Se agujerea lo nombrado.

 

Taconeo y pitido de tetera

a punto de desaparición.

 

 

 

Todo, las baldas de la estantería

el ordenador, todo, el sillón, la lámpara

los instrumentos, todo, hasta los viejos

juguetes y las fotografías…

Todo estaba cubierto de nieve

cuando se abrió la puerta de repente.

 

Se asomó al alfeizar de esa fiebre.

No, se asomó a su bocaza

como gramola ardiente.

Afuera el calor, la nieve atrás.

Y más adentro, alguien

con dolor de oídos

intentando desclavarse de su silueta.

Es un decir.

 

De un hombre invisible (hablo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hablando de radios antiguas.

Su padre, dijo él

la metió bajo el grifo al ver el humo.

¡Debajo del grifo!

Al día siguiente oyeron el Parte

sin problema.

 

Hablar de memoria es hacerlo

bajo el agua.

Dejar secar, olvidar casi.

Zambullirse. Restituir (como zurciendo).

 

 

Nos vamos haciendo de lo que dan.

De lo que nos echan.

Un túmulo, una montañita de pan duro.

De lo que cae

hacemos montoneras a mano

y a lo que nos afecta decimos tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ciudad pidiendo por nosotros.

Luces, timbres y banderas

intermitentes. Eseoeses.

Mensajes al aire, en otras palabras.

Eso justificaría los extraños sueños

de nuestra hija:

“Anoche me hablaba un muñeco”.

Y nuestra ventriloquía de habernos convertido

en padres.

 

Una imaginación en espirales, como aquellas

caligrafías ¿Recuerdas?

A-mo a mí ma-má o Pa-pá fu-ma en pi-pa

 

 ¿Ma-má intentando pintar lo que pa-pá

no pudo escribir anoche? Un extraño

tronco familiar en la hoja arrugada

del cuaderno, un bosque garabateado

a la orilla de un orinal; Ella. Saliba azul.

 

 “Lo he cogido

con los ojos”, repetía.

 

 

 

 

 

 

 

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