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Sobre Perros en la playa [Pilar Martín Gila]

domingo, 18 de diciembre de 2011



A lo largo de la historia, no han cambiado mucho las cosas que pueden llevar al hombre al infierno (esté donde esté ese lugar de condenación). Pensando en esto, y al imaginar esos perros correteando por una playa, que dan título al libro de Jordi Doce, disfrutando libremente del juego, que no tiene otra finalidad que él mismo y por tanto, puede no tener fin, viene a la memoria aquella otra imagen, la de los patinadores de El Bosco, de la que a su vez habló ya Sánchez Ferlosio: esas figuras que se deslizan felices, disfrutando de un placer sin destino, ajenas al agon como principio competitivo con toda su carga de sentido final y argumento a seguir. En parte, así puede leerse este libro, un caminar sin dirección preconcebida, contar lo que se va viendo en el camino como una invitación al juego, a ratos enunciando o sentenciando, a ratos dejando escuchar el canto de los poemas o vertiendo aquí y allá, hasta levantar una visión, los dibujos de Javier Pagola. 

Sin embargo, se podría decir que la lectura de este libro está atravesada en igual medida por ese placer de correr sin causa, esa libertad, y por el deseo de un sentido que lo va ligando. La narración, los aforismos cuya forma sentenciosa cierra el significado que busca: "Escamotea las pruebas, las glosas, las explicaciones.", y lo más puramente poético, por decirlo así, que abre el espacio de su posibilidad más allá de lo posible: "Hay una parte elidida, una sección invisible, y es allí donde vivimos". Las formas en que este libro va hablando se presentan como unidades dentro de sí, una autonomía del significado, un puro decir no premeditado; así es el juego. Pero hay también en el texto una oposición a la contingencia, a lo gratuito (un movimiento que es contrario, de plena encrucijada poética), y así va persiguiendo un sentido inscrito en lo insoportable de la sinrazón, nuestro miedo a ir a la deriva, que hace preferible el perpetuo peso del pasado al desorden, por más que en esto, nunca haya encontrado cabida nada parecido a la felicidad o el placer y sí la formulación de la condena: "Lo que llegó hace tiempo está pegado al imán del corazón y no lo suelta. Lo que va llegando después ya tiene que lidiar con intermediarios y siente el tirón de lo que se le acumula encima, hasta el punto de que la estructura, al menos en parte, amenaza con venirse debajo de un momento a otro".

En esta tensión del juego y el sentido, se va levantando una construcción del otro, ese con el que se quiere jugar, y que se presenta ya como condición de la propia escritura entendida ella misma como una interpelación a la propia voz como si fuera una voz ajena, y que es también un presupuesto para la lectura: "Por eso el que escribe no es yo, sino quien le escucha, y por eso lo escrito no es el relato del yo, sino del otro, de ese que lo transcribe, que escribe al dictado en medio de ese tumulto cotidiano". Se podría decir que en este deambular, a quien se busca verdaderamente es al otro, la pregunta es por lo que el otro requiere, una inquietud que lleva del deseo al contenido moral. Y ese otro se va construyendo con algo de uno mismo. Hay algo que sólo está vinculado a uno, pero que puede colocarse en un lugar distinto para darle la entidad de un otro: "Dormir de noche, porque estás cansado de tirar de tu sombra. Dormir de noche, para ser uno con tu sombra". Incluso el propio pasado puede traer una mirada severa (que lleva a la ironía), ante la que el presente rinde cuentas o da excusas como si no estuviera contenido en él: "Sé bien que he decepcionado al joven que fui: todos sus sueños, sus inquietudes, sus aspiraciones, convertidos en bosta para estercolar. ¡Pero ya quisiera yo verle en mi situación!". Éste que camina y mira sabe que su condición (y su precio) es ser mirado y por tanto, reclamado: "¡Qué felicidad, ser todo lo que nadie espera de mí!". No se puede eludir la invitación al juego compartido como no se demora la respuesta a la hija, la niña presente en varios recorridos, un otro simbólico donde el padre encuentra algo de sí mismo, pero también alguien concreto, real, Ella pregunta por la niebla y él le responde con el sol, con lo que queda por encima de la niebla: "La contesté como pude, explicándole que las nubes habían bajado desde el cielo y que no se irían a menos que el sol se lo pidiera". El juego termina cuando no hay respuesta, no con una victoria sino cuando se cansan los jugadores, a veces acaba sin más, llega el silencio, y ese presente provisional, que pone en valor lo imprevisible, queda cancelado y reconvertido en un pasado, en una historia cerrada, inmovilizada en una mera constatación, que sólo los demás pueden referir, quedando en ellos de nuevo la posibilidad de darle un estatuto que permita seguir hablando: "Tu vida sólo existe con fuerza a ojos de los demás, sólo tiene solidez y congruencia y hasta un cuerpo visible que los demás pueden mirar y remirar a su gusto, con detalle, cuando has muerto". 

Sin embargo, esta aventura que nos ofrece Jordi Doce no concluye con un cierre radical como es la muerte, de hecho, no concluye sino más bien alcanza un comienzo, un renacer o una salida al mundo tras ser expulsado de la casa que se edifica con el propio lenguaje: "La casa de palabras, el libro escrito y reescrito hasta la extenuación, tiene algo de útero que termina echándonos de nuevo al mundo. Pero quien sale expulsado no es, claro está, el mismo que empezó la casa". Lo cierto es que este libro, a pesar de despedir a quien lo escribió, deja la impresión de estar tan dentro como fuera, un efecto necesario del doble fondo del lenguaje (según diría José Luis Pardo), que hace que merezca la pena querer jugar, conversar con el otro siempre que la propia voz tenga densidad suficiente. Así construye, el autor de este texto, algo con significado público, y por lo que a su vez, él mismo es habitado. 

 


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