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Poética en proceso [Eduardo Rezzano]

domingo, 27 de diciembre de 2009

 

 

El arte es una bomba lista para estallar, sólo que hace falta conocer las palabras mágicas del tipo ábrete sésamo. El arte es liberador; la cultura, sujeción y adiestramiento. El arte es el antídoto contra la cultura, no siendo exterior a ella sino produciendo su exterioridad.

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El trabajo del artista no radica en decir sino en darle vida a su obra y lograr que sea ella quien hable, aunque en el lenguaje ininteligible de los locos. El artista es artesano y alquimista; conoce la naturaleza y el vigor de los materiales y herramientas y se hace máquina con ellos, máquina que libera flujos y genera realidad donde el ojo está cansado de la certeza.

Con los pies en el presente, el artista traza un mapa. Sobre el mapa hace breves incisiones y señala puntos de egreso por los que se precipita. Luego regresa al ahora, pero como extranjero.

El camino del artista es el de la soledad, pero también es el del encuentro, mediante el desvanecimiento del yo en un rumor de voces irreductibles a la unidad.

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La poesía es libertad pura. Lo impensable y lo indecible gozan en ella de absoluta libertad para escoger la forma en que manifestarse, pero no para convertirse en el contenido de un discurso que podrá ser comunicado -la poesía no tiene nada que ver con la comunicación- sino para permanecer impensable e indecible. Lo no dicho ya no es ausencia o agujero negro; se vuelve presencia, energía pura y transformadora.

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Un poema nunca está completo aunque tengamos la ilusión de su perfección, aunque efectivamente no le falte nada. O siempre está completo, aun cuando sea una máquina de sutiles metamorfosis. El arte del poeta está en enseñarle al poema a hablar por sí mismo, en darle vida, en ponerlo en funcionamiento, y por eso se me ocurre inadecuado pensar lo completo como lo que tiende a la quietud de las cosas muertas -claro que las cosas muertas tienden más al deterioro que a la quietud-. Un poema siempre está soltando electrones y produciendo su exterioridad; completo en cada instante de su fugacidad, pero siempre inacabado o, mejor aún, siempre por escribirse.

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Daría la impresión de que la comunicación y la interpretación fueran de la mano, y yo prefiero no ir con ellas ni a la esquina cuando escribir poesía es lo que se intenta. El interpretador lleva siempre una pregunta en la punta de la lengua: "¿qué quiere decir?", o bien: "¿qué entiendo yo de todo esto?" -si involucramos la idea de subjetividad para completar un tríptico de miedo-. Entonces se estaría tratando de la búsqueda o la construcción de significado cuando, al contrario, el poder del arte radica en su capacidad de desvincular la cadena significante y producir devenires no humanos. Día a día se nos invita a honrar nuestra condición humana, nuestra historia, nuestra cultura, y yo digo que todo eso es basura, miseria y esclavitud. Estamos educados para interpretar y construir significado, porque sin significación no hay moral y sin moral no hay castración.

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En poesía nunca está todo dicho, sino todo lo contrario, porque su materia, fugaz y evanescente, es lo indecible.

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El arte nos pone en emergencia y nos libera de lo que somos. Nos rescata de la personita ridícula y patética en que nos hemos transformado. Aunque sea por un segundo, una noche, una eternidad.

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El desierto -el afuera- nos llama como una puerta que se abre al descifrarse un acertijo; pero, al contrario, resulta inexpugnable. Nos atrae, pero permanece inasequible: a cada paso que damos parece retroceder dos hasta salirse de escala y hacerse infinito.

Para el que se aventure en su aridez inmemorial mejor llevar una cámara fotográfica que una cantimplora de palabras. El desierto permite que lo fotografíen porque sabe que no puede ofrecer más que su superficie. Prefiere el canto al parloteo inútil, el desplazamiento de la lagartija al andar agobiado del monje presuntuoso.

El desierto siempre está allí, conjurado y vuelto a conjurar, pero siempre en los bordes de la experiencia humana; en el lugar adonde unos son desterrados a los golpes, y otros eligen adentrarse a tientas, apenas con lo puesto.

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No vivir en el poema sino que nos expulse a la realidad -realidad no como construcción sino como demolición-. La poesía es una invitación a dejar de ser para devenir, una invitación difícil de rechazar cuando está planteada en términos de vida o muerte.

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Ejercer la libertad para ser artesano de uno mismo y darles vida a las palabras y a las cosas, a la vez que devenir palabras y devenir cosas.

 

 

EDUARDO REZZANO (La Plata, Argentina, 1968) poeta y músico. En 1999 publica Ningún Lugar (Ediciones del Canto Rodado, Mendoza), en 2005 es incluido en la antología Nacer (Editorial Lumen, Barcelona) y en 2006 publica Gato barcino (Editorial Lumen, Barcelona). Fundador de 2vecesbreve y de la Orquesta Camaleón. http://eduardorezzano.blogspot.com/

 

 


1 comentarios | deja el tuyo!

#1
Brindo por Siete de Siete, hermano. Y por un 2010 lo más poético posible. ¡Salud!

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