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Escrutar es áspero [Rosa Benéitez]

martes, 02 de marzo de 2010

 

Miguel Casado. La experiencia de lo extranjero. Ensayos sobre poesía. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009.

 

Podría decirse que cuando un crítico reúne parte de sus escritos y lecturas sobre literatura en un mismo volumen se delata a sí mismo, ya que está ofreciendo al lector la posibilidad de comprobar, de manera directa y cohesionada, la existencia o inexistencia de determinadas coordenadas estéticas. La experiencia de lo extranjero. Ensayos sobre poesía, último libro de Miguel Casado, se sitúa en esta valiente tesitura, pues aquí se demuestra claramente que él sí es un escritor que cuestiona, observa, revisa, desmonta, revuelve, vive y reconstruye el discurso literario que le rodea. Partiendo de una disposición ajena a los textos, como indica el título del libro, el trabajo volcado sobre los mismos no responde únicamente al deseo de mantener una actitud crítica y anticonformista constante, sino que también obedece a un ineludible impulso creativo que trata de sumarse a lo "escuchado". Por eso, sería fundamental establecer, ya desde el comienzo, cierta analogía que permita atender al modo en que Casado concibe el lenguaje: aquella que une a la Literatura, la Traducción y la Crítica (incluso al discurso científico). Leemos en La experiencia de lo extranjero

En la lucha en torno a la lengua hay dos posiciones; una la que concibe como posibilidad, como trabajo abierto y libre: «La lengua es producción» [...]. La posición contraria es la que promueve el capital «La lengua es producción, de ahí los intentos del Capital por privatizar la lengua, por dejarnos sin palabras» (99).

Con tales palabras de fondo, la idea de entender a esos discursos en Casado de manera similar, se comprende con facilidad: frente a la literatura que alimenta la normalización de la lengua, la que hace de ésta algo extraño, extranjero, que obliga al lector a replantear sus convenciones; frente a la idea de fidelidad en el trabajo de la traducción, la de construcción de un nuevo discurso emparentado con el de origen; y contra la repetición, uniformización y conformismo de la «crítica judicial» o el «reseñismo de novedades», el abogar por «una lectura que se escribe y, así, desplaza sin remedio su estatuto, se contamina, se hace híbrida; en esta naturaleza intermedia -un proceso de lectura que se manifiesta, contradictoriamente como escritura-» (111). De este modo, la relación entre disciplinas queda perfectamente reforzada, gracias al hecho de que estas últimas palabras están dedicadas al concepto de traducción manejado por el autor y de que sean ellas también las encargadas de acercar esa actividad y la de la crítica literaria.

Ahora bien, Casado da un paso más y aplica de manera práctica, también a su propia escritura, el conjunto de juicios que se pueden extraer de sus palabras. Por eso, en una obra como ésta la exposición es deliberada. A excepción de su poesía, de la que no cabe duda en qué opción con respecto al lenguaje se sitúa, el resto de los trabajos llevados a cabo quedan perfectamente encuadrados en estos Ensayos sobre poesía. Desde la labor como crítico que reescribe la historia literaria de un país, hasta la de traductor que acerca las tradiciones de otras culturas a la propia, todas las batallas aparecen aquí efectivamente combatidas:

La lengua que hablamos, la tradición literaria como su expresión más seductora, nos recluyen en unos límites invisibles que recortan la realidad de modo común para quienes habitamos ese espacio. La traducción incorpora una extrañeza que abre el aprendizaje de la extrañeza que toda poesía forzosamente es; lo extranjero es la cuña que hiende la tradición heredada en lengua personal (109).

Se percibe así fácilmente la profunda coherencia entre estas ideas y el hecho de que haya sido Miguel Casado quien tradujera a Francis Ponge a nuestra lengua o el desmitificador de una figura como la de Arthur Rimbaud, quien tanto contribuyó además a la noción de «otredad» contemporánea. Ambos autores ocupan su espacio, aunque en forma ensayística, dentro de este libro. También se entiende desde esta perspectiva que Antonio Gamoneda, José-Miguel Ullán o Aníbal Núñez sean algunos de los poetas a los que Casado reivindica como crítico y cuyos prólogos o comentarios a ediciones de obras reunidas incluye en estas páginas. Gracias a esta nueva conexión y confrontación, este corpus aporta al lector una nueva vía interpretativa de la poesía española contemporánea.

La idea de lo extranjero, lo extraño o lo ajeno que recorre e hilvana los textos que componen el libro es la que mejor podría resumir el criterio estético de su autor. Estructurado en cuatro grandes apartados, el volumen se articula en diferentes ejes temáticos. El primero de ellos, «Apuntes del exterior», toma como principal dirección las relaciones entre escritura y realidad, para apelar a una actitud combativa ante el lenguaje, que impida asumirlo como algo familiar y cercano y, por tanto, ya sabido. Dice Casado, citando a Novalis: «El error risible e impresionante de las gentes es que creen hablar en función de las cosas. Todos ignoran lo propio del lenguaje: que no se ocupa más que de sí mismo» (56). Se refiere tanto a la Literatura como a la Ciencia, la Teoría, la Traducción o el discurso del «pensamiento», entendido éste como ámbito de mayor riqueza que el de la «razón». En este sentido, la diferencia entre «pensamiento» y «razón» radicaría, según Casado, en que el segundo constriñe y limita lo que el primero llega a concebir, pues «a veces, parece darse como ajeno, no asumible con facilidad por parte de un sujeto» (13). Así, la línea que recorre las ideas de Casado sobre algunas de las posturas teóricas aquí tratadas es aquella que invita a considerar las cosas como impropias, de tal manera que con ello se gane en libertad y comprensión: desde la noción de «inconsciente óptico» que Rosalind Krauss toma y transforma de Benjamin, hasta la «poesía dilatada» que según Novalis surgía tras su expansión, pasando por el «escamoteo» del lenguaje sobre lo real, al que se refería Ponge. Quizá donde mejor se muestre esta visión de lo extranjero sea en el concepto de índex expuesta por el autor: 

El índice afirma una existencia concreta y sólo eso: no añade ni declara un sentido, queda como enigma para quien no se mueve en el mismo contexto de su origen. Aunque se habla de la realidad, resulta enorme la distancia con los discursos de la mímesis: estos codifican y controlan la representación mediante una continua transferencia de sentido, de ideología; hacen jaulas de los códigos expresivos, son opresivos e, irónicamente, metafísicos (62). 

«Notas para una crítica de la tradición» retoma la idea de discontinuidad y pluralidad como alternativa al pensamiento único. La imposibilidad de hablar de una tradición, en lugar de tradiciones, y el imprescindible papel asumido por las vanguardias como vínculo entre tradición y innovación, son señalados por Casado como contrapunto al carácter esencialmente nostálgico deltradicionalismo imperante. De ahí que oponga a la normalización y categorización del hecho literario visiones dinamizadoras del mismo, como es el caso de las nociones de «sistema literario» y «extrañamiento», enunciadas por los formalistas rusos.

La sección «Contemporáneos», por su parte, está dedicada a la crítica literaria en sentido estricto, es decir, a resaltar, comentar y "traducir" la obra de nueve poetas. Todos los autores recogidos ofrecen la posibilidad de ahondar en los temas hasta ahora abordados: Antonio Machado y las relaciones entre poesía y pensamiento, Vicente Núñez y las tradiciones propias y ajenas, Eduardo Milán y los vínculos poesía-mundo, etc. De hecho, el posicionamiento estético en el que se encuentra instalado Miguel Casado rezuma e impregna su escritura, así como la lectura ofrecida sobre las poéticas escogidas. Y esto justamente en virtud de la misma razón por la que el autor une poesis y praxis, ya que no es posible defender la disconformidad sin ponerla en práctica. En tal sentido, sería oportuno recurrir ahora a unas certeras páginas dedicadas a la concepción de la memoria en la poesía de José-Miguel Ullán, donde aparece una afirmación que bien podría ser aplicada al discurso de Casado:

Lo indeterminado e interior de la reflexión elude cualquier límite y el texto atraviesa la vida o la poética, la ética o la condición existencial, la política y las manifestaciones de la crítica social, reconociéndolos como un solo espacio, cuerpo de las palabras (283). 

Por último, el apartado titulado «La poesía objetiva» desarrolla ese punto de vista adoptado por cierta poesía contemporánea, ese que no renuncia a la complejidad de lo real en detrimento de la comodidad de un discurso dado, y que, como claramente demuestra Casado, comparte con otras formas de pensamiento. Tal sería el caso de Rimbaud, en quien se cifra el ejemplo perfecto de inversión, la contrapartida a lo establecido y que ya es costumbre: de lo bello a lo sublime, del yo al otro, de lo conocido a lo que todavía está por descubrir. Algo similar podría afirmarse de Francis Ponge y su reivindicación de «tomar partido por las cosas» y es que, efectivamente, la continua resistencia a la que este poeta somete su escritura -«escribir contra todo lo que ha sido escrito hasta él», «decir lo no dicho», el «inacabamiento perpetuo» de un poema en presente, «pintar menos el objeto que una idea de ese objeto»- recuerda a esos versos de Aníbal Núñez con los que Casado nos introducía en La experiencia de lo extranjero: «peligroso signo/ de lo que no se entiende porque no se repite» (16). Un pensamiento de lo mismo, como diría Foucault, que nos auto-imponemos para evitar que la discontinuidad y el azar que gobiernan la realidad perturben nuestra tranquila existencia. Se trataría entonces de buscar la objetividad de las cosas no por generalización, sino en función de su carácter singular y extraordinario. Leemos así a propósito de Ponge:

Lo que interesa es conocer una cosa y eso se logra aislando su particularidad distintiva; para que exista una cosa es necesaria esa particularidad, ha de tenerla por fuerza, y quizá por ello Ponge se propone el reto de buscarla en las cosas más comunes, cuya singularidad resulta una idea más extraña (388).

Miguel Casado nos propone con todo ello pensar la poesía como ejercicio de cuestionamiento y extrañamiento continuo ante un mundo que creíamos conocido y familiar pero que, en el fondo, nos es tan ajeno como las propias palabras con las que lo nombramos. Los textos que componen La experiencia de lo extranjero, compilados ahora bajo un mismo volumen, nos aportan en su conjunto nuevas perspectivas sobre la inquietante y extrañamente placentera relación entre la poesía y lo real o, mejor, en palabras de Miguel Casado: la poesía es «un texto capaz de interiorizar -sin metalenguajes- la crítica del lenguaje, el debate entre éste y la realidad, y convertirlos en su materia, en su forma» (375).

 


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