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Entrevista a Miguel Casado [Ana Gorría]

martes, 02 de marzo de 2010


‘La experiencia de lo extranjero',

de MIGUEL CASADO.

Editado por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.

 

 

En La experiencia de lo extranjero, título que parte de la filosofía de Deleuze, se expone que la lengua no es un instrumento sino un acontecimiento.  Desde su punto de vista, ¿la crítica inventa, revela, promueve, descubre, crea?

Confieso que la palabra crear no me gusta nada.  A todos esos verbos preferiría escribir, en el sentido barthesiano: esa escritura que propone una relación transformadora con la lengua, en la que no se entiende la lengua como algo inerte, sino vivo. En ese proceso de escritura se produce el pensamiento, se constituye la experiencia. Nunca esa clase de escritura es mera exposición instrumental de las ideas.

 

¿Qué diferencia hay entre escribir poesía y asumir una escritura crítica?

No es fácil de explicar. Desde luego, el trabajo para esta compilación de ensayos nada tiene que ver con la poesía, pues se construye con lo ya hecho; es simplemente otra disposición, otra forma de leerlo. En el caso de la escritura en concreto de un ensayo, yo acumulo antes muchos materiales y notas  de lectura; luego, cuando me pongo a escribir, no sé qué itinerario voy a proponer a través de todo ello, cómo se va a configurar el texto. Siendo de una índole muy distinta de la escritura de poesía, hay un componente de descubrimiento y de riesgo en la materialidad de escribir que sí se aproximan.

 

¿Se puede considerar al crítico como un intérprete musical?

Quizá el lector se parece más al intérprete musical que el crítico. En todo caso, la diferencia con la música es que, cuando hay palabras, hay sentido y el lector inevitablemente produce sentido, incluso si se deja llevar por otros elementos del texto. En cambio, el crítico lee también, pero además escribe. Interpone otro lenguaje, ofrece otros campos de sentido que se acordarán o no con los textos de partida; creo que hace algo de signo distinto a lo que hace el intérprete musical.

 

Uno de los planteamientos que fundamentan su libro es señalar la minusvalía que se ha atribuido a la razón poética, al pensamiento creativo, frente a las razones lógicas. ¿Qué añade la poesía a la razón?

En este aspecto, me considero deudor del pensamiento de los románticos y de los surrealistas. La palabra irracionalismo, tal como se usa en los manuales académicos o entre los escritores conservadores, tiene una intención peyorativa. Yo prefiero hablar de cómo el pensamiento humano incluye en lugar destacado la razón, pero no se limita a ella; es también emoción y deseo, sentimiento y memoria, sueño, imaginación, creencia, intuición, voluntad... ¿Por qué recortar el pensamiento?, ¿por qué encorsetarlo en los esquemas lógicos racionales, si es capaz de alcanzar otras muchas dimensiones? Y, como demostraron hace tantas décadas Adorno y Hokheimer, la razón está atravesada por sus propios mitos.

 

¿Qué soluciones considera que puede aportar la escritura basada en la tensión entre mundo y palabras?

Simpatizo poco con los sistemas cerrados, con las propuestas totalizadoras, con quienes creen tener la solución. Igual ocurre con las lecturas cerradas de un texto, crean una lógica que se alimenta a sí misma, que deja de tener energía crítica. Me interesa la apertura, las preguntas, la imposibilidad de las conclusiones, allí donde la energía crítica no cesa de regenerarse. Y de eso me hablan, con su distinta voz, tanto Nietzsche como Antonio Machado, por citar dos nombres.

 

Si la mirada de la poesía se funda en la necesidad de señalar grietas ¿Dónde es posible encontrarlas hoy?, ¿qué ha de mirar el poeta para favorecer la apertura de lo real? 

Si seguimos a Wittgenstein, la soldadura entre las formas de vida y los juegos de lenguaje, entre el mundo y la palabra, es completa; son la misma cosa. Pero ese modo de hablar nos sugiere también la dirección de una mirada imposible, un deseo utópico: el de encontrar grietas en ese bloque compacto; el de encontrar, trabajando en el lenguaje, una fisura en que se desajuste todo el sistema. Ahí arraiga el gesto del poeta, en la búsqueda de ese punto de discontinuidad, a partir del que crecerá su lengua-mundo personal; al no cesar en ese empeño, consigue también que no se interrumpa su energía crítica, estar vivo.

 

Usted, a propósito de Rimbaud, propone que la poesía trata de alcanzar lo desconocido. ¿Para el que escribe, hoy, existe alguna relación entre lo nuevo y lo desconocido?

Bueno, lo dice el propio Rimbaud. Pero sí, es así, si entendemos lo nuevo de forma que se aleje de lo banal, si no se considera lo desconocido de forma esotérica y mitológica. Lo que no se ha visto ni dicho ni nombrado, es el campo en que trabaja el artista. Pero sin ningún carácter heroico ni extraordinario, sino buscando ese espacio en lo más próximo y lo más cotidiano; no en un silencio mágico de lo inefable, sino entre el ruido constante que nos satura de discursos invasivos. No es preciso buscar muy lejos; pero el problema siempre está en la relación con la lengua, en resistir la imposición de los códigos (sociales, literarios, retóricos); en seguir requiriendo un giro distinto, algo en lo que se constituya una lengua personal, propia, de isla -como pedía Vicente Núñez.

 

La ciencia hoy contempla el azar como un elemento central en la comprensión del mundo. ¿Qué puede, desde su punto de vista, suceder, cuando la inteligencia asume el azar en su propio quehacer?

Para el racionalismo instrumental, el azar no tiene mucho prestigio. Y, sin embargo, numerosas líneas científicas han visto ya que la constitución del mundo físico y biológico cuenta con él de modo decisivo. En mi libro, trasladándolo a la poesía, pongo el ejemplo del "efecto de continuidad" en la poesía de José-Miguel Ullán: el poema entendido como un proceso lineal, que es la sucesión de lo más variado y dispar, de diferentes registros de lenguaje, distintas voces que vienen de la vida. La vida lo hace así, como un montaje vertiginoso y permanente, que el poeta o el artista capaz de captarlo puede usar también como detonante de su escritura, mucho más allá de los límites de la vanguardia histórica.

 

Entre los poetas incluidos en la sección "Contemporáneos", desde Machado a Idelfonso Rodríguez, se encuentra presente el problema de la ironía, de la temporalidad y el azar ¿La creación es el descubrimiento de la ruina o su propio constituirse?

Me costaría reducir esa sección a unos parámetros generales; no la he montado como una selección o una propuesta de poetas, sino como una selección de mis ensayos, y quizá por eso alguien pueda encontrar rasgos comunes; me temo que es en mí donde están. Pero, por ejemplo, no sé si se pueden cotejar la meditación sobre palabra y lenguaje, levantada ante las ruinas de una ciudad, como la que propone Aníbal Núñez, con el implacable ejercicio antipoético de la ironía en Gerardo Deniz, llevado hasta negar el lugar mismo de la poesía como mundo o institución.

 

¿Puede la memoria dialogar con y hacia el futuro? 

Se me ocurren sobre la marcha dos formas casi opuestas -entre los poetas que propongo- de entender la proyección de la memoria hacia el futuro. En el caso de Gamoneda la memoria ocupa el futuro, porque lo sustituye; porvenir es lo que ya ha pasado desde el principio, un fondo de elementos míticos personales; así, la muerte espera en un futuro siempre inmediato y es a la vez la muerte previa, fundadora de la propia infancia. En el caso de José Miguel Ullán, se enfoca la memoria como "recuerdo naciente" y no existe un depósito de la memoria al que recurrir; el recuerdo surge cada vez, crea su espacio y su sensación. Se trata de irrupciones de la memoria en el presente, como hecho presente o, cómo él dice, son voces que llegan. También el pasado se esfuma, incorporado a la implacable continuidad de la cadena verbal que llamamos vida.

 

¿Contra qué se puede rebelar la poesía hoy?

La poesía se está rebelando siempre. Habla contra las palabras, según Francis Ponge. Hay grandes poetas que, pese a tener una ideología conservadora, en tanto son grandes poetas, se rebelan contra la lengua. Si la escritura no introduce la discontinuidad, si no detecta la fractura, está triunfando el sistema del lenguaje dominante-mundo, y no hay poesía.

La rebelión sólo se puede resolver en el propio ejercicio de la escritura, desmarcándose de las imposiciones de la lengua. En el uso social, cuando hablamos, decimos lo que algo, esa lengua controlada, quiere que digamos, vivimos al compás de lo codificado. El poeta, en cambio, es quien dice lo que quiere decir. Esa rebelión es la mayor, la de más onda expansiva. La mayor rebelión es contra y dentro del lenguaje, en un mundo en que los discursos se repiten de forma vertiginosa y nos gobiernan.

 

¿El lenguaje de la poesía, tal y como lo concibe en el ensayo, es el lugar del margen o de la marginación?

Cada vez la poesía es, tal y como refiero a propósito del título de Deleuze, un idioma extranjero, la poesía sucede en cada poeta. La poesía tiene ese poder. Cuando aparece siempre está en el centro, como nudo de la condición humana. Es el corazón de la lengua y, así, de la vida.

 

¿Cómo crítico de poesía donde cabe hoy encontrar la ruptura?

La dinámica entre lo viejo y lo nuevo, entre tradición y separación no se detiene. No contemplo esa dialéctica como una sucesión de periodos, escuelas y generaciones. Siguen en cada momento surgiendo poetas; pero no habría que encasillarse y decir que los nuevos son siempre los jóvenes en edad: el cubano Lorenzo García Vega, por ejemplo, es un poeta joven, inclasificable en la totalidad de su obra, activo con sus 82 años, más renovador que muchos de veinticinco. Lo que va de edad en edad son las modas. Los verdaderos poetas no conocen modas.

 

Usted refiere que el sentido común defendido por los conservadores, hoy se ha convertido en su propia parodia, degenerando en pensamiento único, autoritarismo. ¿Puede la poesía encontrar espacios comunes dentro de la atomización? 

Los únicos espacios comunes que interesan en este terreno son los de la lectura, el encuentro cada vez con cada lector, y ésos la poesía no deja de encontrarlos. Por lo demás, vivimos en un mundo en que hay muchísimo ruido. Resulta difícil valorar los infinitos estímulos que nos llegan, sometidos a la influencia de lo mediático y de lo comercial. Las propuestas más renovadoras son las que más costosamente acceden a todo eso, las que más tardamos en conocer, en hacer nuestras. Ha de ser un esfuerzo permanente el de deslindar discursos, distinguir -como decía aquél- las voces y los ecos.

 

Ullán, Blanca Varela, Diego Jesús Jiménez ¿Dónde se pueden encontrar, tras estas pérdidas, los maestros de la poesía en español?

 Perdemos a los amigos, pero los poetas quedan en sus libros. Sin embargo, siempre he sido muy reacio a la idea de maestro. Valéry tuvo un maestro fundamental en su vida: Mallarmé; pero, cuando habla de las influencias que produce otro poeta, señala que éstas se producen de forma lateral: algo secundario en la obra del maestro, pequeño, inadvertido, que crece y se convierte en otra cosa para el nuevo poeta. La poesía funciona con conexiones que no se pueden determinar de antemano, y por eso desconfío de los magisterios: el que tiene un maestro que le marca el camino seguro que no es un buen poeta. Hay que tener presente un horizonte amplísimo de lecturas. Hay que escuchar a Latinoamérica. Latinoamérica y España tienen una sola tradición, un solo espacio lingüístico, y los lectores tenemos ahora la facilidad de que en estos momentos la información es mucho más accesible. Si me pides un nombre, vuelvo al que mencionaba antes, quizá porque últimamente lo tengo muy presente: es uno de los mejores poetas actuales, un cubano residente en Miami y que vive un doble o triple exilio, Lorenzo García Vega (el más joven del grupo Orígenes abanderado por Lezama Lima). En mayo dio una memorable conferencia en Madrid, con esta pregunta: "Yo tenía un maestro, pero qué se puede hacer con un maestro".

 

¿Qué consideración tiene de Internet en relación con la comunicación y la creación de espacios alternativos?

Creo que es un poco pronto para hacer otra cosa que contemplar internet y participar en la medida del tiempo y las posibilidades. Creo que aún no ha cuajado nada que pueda hacer el papel que históricamente han tenido las revistas; pero seguramente aparecerá algo pronto que, sin ser lo mismo, vaya abriendo ese espacio. El ritmo de los blogs es quizá muy poco afín al de la poesía; en general, se queda en ese mundo -¿contrario?- de la opinión, y nada es más codificable que la opinión apresurada. Mientras esperamos, hay que señalar una cosa maravillosa para quienes venimos de la edad del papel: con internet se pueden conseguir libros de cualquier parte del mundo.

 

 


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